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¿A QUIÉN ENVIARÉ?

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“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isa. 6:8).

En su libro Atrévete a pedir más, Melody Mason cuenta la historia de dos jóvenes moravos que oyeron que en una isla de las Antillas había un de comerciante de esclavos ateo que tenía entre 2 mily3 mil esclavos. Como no quería que nadie aprendiese de Cristo, este hombre había prohibido la entrada a cualquier predicador. Pero estos dos jóvenes, al pensar que tanta gente podía vivir y morir sin haber oído nunca del evangelio, no pudieron soportar la idea. Decidieron venderse a sí mismos como esclavos. Con el dinero que obtuvieron, pagaron su pasaje a la isla. Allí dedicarían su vida a servir a este hombre y, clandestinamente, a contar a los otros esclavos la historia de la salvación. Con 20 años de edad y toda la vida por delante, estos jóvenes se estaban embarcando en un viaje sin retorno. Sus familias lloraban porque no los verían otra vez. Otros cuestionaban si realmente era sabia su decisión. Se enfrentaban a una vida de esclavitud simplemente para que otros esclavos pudiesen ver en su actuar cristiano, que había algo diferente.

El puerto se hizo cada vez más lejano ante la vista de los misioneros y, a lo lejos, escucharon que un joven gritaba: “Que el Cordero que fue inmolado reciba la recompensa por su sufrimiento”.

Cuando Isaías fue llamado, supo que debería enfrentarse a muchos peligros. Judá sería invadido, los asirios acamparían frente a las ciudades principales del reino, Samaria caería y las diez tribus de Israel serían dispersadas. Pero el mayor problema era la apostasía y la rebelión del pueblo de Dios, la perversión y la corrupción, el orgullo, la ostentación, la idolatría y tantas cosas más. El horizonte era de desesperanza e Isaías no se creía capaz de hacerle frente. Sin embargo, vio la gloria de Jehová sentado en su trono y, aunque entendió su condición de pecador y que estaba necesitado de Dios, aceptó el desafío.

La solución no se presentaría necesariamente en sus días y la tarea sería difícil, pero su deber era claro; su llamado, también.

Dios nos ha encomendado una misión a nosotros también. Nos enfrentamos, en muchos aspectos, a una realidad incluso más oscura que la que rodeó a Isaías. Pero también tenemos aún más evidencias y manifestaciones divinas que nos aseguran que el Dios que llama a este cometido también capacita y acompaña hasta el final. Su llamado no necesariamente es a tierras lejanas. ¿Cómo responderás?

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