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SIN MIEDO AL DOLOR

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"Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después" (Juan 13:7).

En su libro Las gafas de la felicidad, Rafael Santandreu, reconocido psicólogo español, narra una leyenda hindú.

Un anciano maestro hindú venía cansado de un discípulo suyo que siempre se quejaba. Un día, lo envió a buscar sal. A su regreso, le dio la orden de echar un puñado en un vaso y que lo bebiese todo. Cuando le preguntó qué sabor tenía, el joven respondió que era muy fuerte. El maestro sonrió y le dijo que tirara esa misma cantidad de sal en un lago. Los dos se dirigieron allí y el joven obedeció la orden. Ahora, el anciano le indicó que bebiera el agua del lago. A su pregunta: "¿Qué sabor tiene?”, él respondió: “Es rica y refrescante”. No había notado la sal.

Entonces, el anciano, con ternura, le explicó al joven que el dolor de esta vida es como la sal. A todos se nos entrega un puñado de dolor, pero la amargura o el sabor final dependerá del recipiente donde lo coloquemos. Lo que debemos hacer entonces, según la leyenda, es ampliar la comprensión de las cosas y, en vez de ser vasos, convertirnos en lago.

Si bien esta leyenda no es cristiana, nos recuerda la importancia de tener un panorama más amplio de las cosas al observar las dificultades que nos rodean. Hemos leído acerca de las pruebas y de lo mucho que Dios puede hacer relucir con ellas. Sería interesante proponernos hacer ese ejercicio de la sal con diferentes situaciones problemáticas que se nos presenten.

En una de sus clases doctorales de teología, el profesor Allan Walshe contaba como una vez se vio encerrado en un callejón frente a un desfile. Necesitaba pasar hacia el otro lado para acceder a una ambulancia para ayudar a socorrer a una persona, pero ante tamaña multitud se le hacía muy difícil ver qué había del otro lado. Su visión era estrecha; solo podía ver lo que sucedía entre una esquina y otra. Sin embargo, entendiendo su problema, un hombre que estaba en un edificio de varios pisos, a muchos metros de altura, le indicó como llegar al otro lado. Ese hombre tenía algo que el profesor no: una visión más amplia de las cosas.

Sabemos que las cosas en este lado de la eternidad muchas veces serán complejas y podemos no ver la imagen completa, pero se nos invita a confiar en que hay alguien que sí ve el cuadro completo y nos puede guiar para que el dolor que nos acompañe se disuelva en un lago y no en un vaso.

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