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LA LEY DE LA SIEMBRA Y LA COSECHA

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"No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos" (Gál. 6:10).

La mujer necesitaba ayuda y él se acercó. Le sonrió, pero ella igualmente se mostró desconfiada. Hacía rato esperaba que alguien la ayudara. ¿Acaso él lo haría? Parecía pobre y hambriento...

Al notar su miedo, le aseguró: "Estoy aquí para ayudarla. ¿Por qué no entra al auto donde está más cálido? Yo arreglaré su neumático. De paso, mi nombre es Pedro”. Aunque el problema era relativamente sencillo, para ella era mucho. Pedro se agachó, levantó el auto, cambió el neumático y dejó todo listo. Quedó un poco sucio y se lastimó una de las manos.

Mientras terminaba de ajustar las tuercas, la mujer bajó la ventanilla y comenzó a conversar con él. Le contó que venía de una ciudad grande y estaba allí de paso y no sabía cómo agradecer esa preciosa ayuda. Pedro sonrió y se levantó. Ella le preguntó cuánto le debía. Estaba dispuesta a pagar cualquier precio; ya había imaginado los peores escenarios si no hubiese recibido ayuda. Pero a él le gustaba ayudar a las personas. Le respondió: "Si realmente me quiere retribuir de alguna forma, la próxima vez que encuentre a alguien que necesite ayuda, désela. Y piense en mí”. Esperó a que la mujer se fuera y siguió su camino. Había sido un día frío y triste, pero se sentía bien consigo mismo.

Unos kilómetros más adelante, la mujer paró en un pequeño restaurante. La mesera se le acercó y le alcanzó una toalla limpia para que pudiera secarse el pelo mojado por la lluvia. Le sonrió a pesar del día cansador y del dolor que sentía en las piernas de tanto estar parada. La mujer notó que estaba avanzada en su embarazo y que, a pesar de todo, la trataba muy amablemente.

Recordó a Pedro. Así que, al terminar de comer, dejó una notita en la servilleta y cuatro billetes de 100 reales. La nota decía: “No te preocupes por el vuelto. Alguien me ayudó hoy con la amabilidad con que tú me trataste y, de esa forma, yo te ayudo hoy. Si realmente quieres retribuirme por esto, no cortes este círculo de amor”. Las lágrimas rodaban por las mejillas de la joven. Con el bebé en camino, las cosas eran difíciles. ¿Cómo sabía esa mujer cuánto necesitaban el dinero ella y su marido?

Esa noche, al llegar a su casa, se recostó, le dio un beso a su marido y le susurró: "Todo estará bien, Pedro. Te amo".

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