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¿CON QUIÉN ME COMPARARÁN?

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“¿Con quién, entonces, me compararán ustedes? ¿Quién es igual a mí?”, dice el Santo” (Isa. 40:25, NVI).

Muchas naciones tienen imágenes que son figuras o símbolos de alguna Deidad. Incluso en nuestros países hay santos o personas canonizadas que muchos veneran. Se hacen grandes procesiones, se erigen altares y se brindan costosos obsequios para mostrar respeto hacia ellos.

"El tratar de representar al Eterno mediante objetos materiales degrada el concepto que el hombre tiene de Dios. La mente, apartada de la infinita protección de Jehová, es atraída hacia la criatura más bien que hacia el Creador. El hombre se degrada a sí mismo en la medida en que rebaja su concepto de Dios" (Patriarcas y profetas, p. 313). Desde el mismo comienzo, Dios estableció claramente que no debemos hacernos imágenes de él ni adorarlas.

La adoración a Dios abarca infinitamente más que una imagen que tenemos de él. Podemos, de hecho, no tener ninguna estampita o estatuilla y, sin quererlo, manejar ideas distorsionadas de quién es él.

Con esta pregunta que nos hace Dios en el versículo de hoy, recordamos que él no tiene comparación.

Hace un tiempo, aproveché a compartir unos pensamientos sobre este tema con algunos adolescentes en el Club de Conquistadores. Me preocupaba ver cuán común se estaba haciendo el uso de diferentes filtros y aplicaciones. Lo que parece algo inofensivo y hasta gracioso, va minando poco a poco la imagen real que tenemos.

¿Por qué será que el mundo nos lleva a parecernos cada vez más a cosas inferiores que a cosas superiores?

Las letras de las canciones, los apodos que usamos, las orejas y hocicos animales que le agregamos a nuestras fotos y la falta de dominio de nuestros apetitos muchas veces nos degradan sin que nos demos cuenta.

Como seres humanos e hijos de Dios, con la misión de restaurar la imagen de Dios a un mundo perdido, ¿será que todos los días hacemos un esfuerzo consciente por parecernos más a él y menos a las bajezas de lo que nos rodea?

Nos parecemos a lo que contemplamos, y aún hay mucha gente desesperada por conocer a un Dios que está más allá de nuestra imaginación y que, a la vez, tiene su impronta en cada uno de nosotros.

Propongámonos elevarnos en vez de empequeñecernos hoy. Será una forma de mostrar que nuestro Dios es incomparable.

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