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EN LA PISTA DE ATERRIZAJE

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"Pues el Señor mismo descenderá del cielo con un grito de mando, con voz de arcángel y con el llamado de trompeta de Dios. Primero, los creyentes que hayan muerto se levantarán de sus tumbas. Luego, junto con ellos, nosotros, los que aún sigamos vivos sobre la tierra, seremos arrebatados en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Entonces estaremos con el Señor para siempre” (1 Tes, 4:16, 17, NTV).

El Aeropuerto Internacional de Miami es uno de los 25 aeropuertos más transitados del mundo. Más de 40 millones de pasajeros pasan por él cada año, en cientos de miles de vuelos. Ninguno de esos aviones era el mío.

Mi pasaje tenía fecha para el 19 de agosto, pero ya era el 8 y todavía no había podido viajar. Los vuelos estaban cancelados y yo estaba en lista de espera, lo que reducía muchísimo mis posibilidades de volar.

Después de pasar cuatro días en el mismo aeropuerto, aparte de conocerlo de memoria, entendí un poco mejor qué significaba querer llegar a casa y cuánto representaría escuchar mi nombre. También pude entender cuán necesario era lavar mi ropa.

En nuestro peregrinaje hacia el cielo, muchas veces pasan cosas como esta; paradas que hacen que nos replanteemos todo, paradas necesarias para pensar y redireccionar nuestros pensamientos y esfuerzos hacia nuestro destino final, paradas que nos hacen anhelar nuestro hogar mucho más.

Mientras veía el atardecer sobre una de las pistas de aterrizaje, escuchaba: “Paso a paso, Dios me guía, ¿qué más puedo yo pedir? Nunca dudo de su gracia, pues conmigo quiere ir. Paz divina y consuelo al confiar en él tendré, pues si algo sucediere, Cristo lo sabrá muy bien”.

Dios nos cuida y nos guía. Nos da la seguridad de un aterrizaje seguro y, más que nada, la seguridad de saber que, si lavamos nuestra ropa en su sangre, pronto dejaremos de estar en lista de espera, nos llamará por nombre para hacer la última parte del trayecto y llegaremos al destino final: nuestro hogar celestial.

Cuando por fin mi avión llegó, tuve que esperar un rato para enterarme y, desde donde estaba, no lo podía ver. Pero cuando Jesús venga, todo ojo lo verá.

Además del texto de hoy, te recomiendo que leas Juan 14:1 al 3 y Apocalipsis 7:14 al 17 y te plantees la siguiente secuencia: (1) elige bien tu destino, (2) lava tu ropa, (3) espera que te llamen y (4) llega a casa.

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