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LOS CUISES DE LA VÍA AERÓBICA

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"Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto" (Gén. 3:8).

Sé que son comunes y que suelen estar ahí, pero nunca los había visto actuando de forma tan natural.

Cierto día frío, gris y muy ventoso, me crucé con quince cuises distribuidos en pequeños grupos a lo largo del camino. Me hicieron pensar mucho en el Edén.

Vivo en un lugar donde es muy común estar a centímetros de los pájaros sin que salgan volando. Saben que no corren peligro y permanecen quietos mientras uno camina a su lado. Sin embargo, estos cuises, apenas vieron que me acercaba, salieron despavoridos hacia sus madrigueras. Por supuesto que yo veía sus madrigueras desde el otro lado del alambrado. Estaban ahí no más, pero por alguna razón ellos se sintieron seguros así.

Al verlos escaparse, me daban ganas de asegurarles y demostrarles que no tenía intenciones de hacerles daño, pero creo que no iban a entenderme. Es que el amor y el miedo hablan idiomas tan diferentes…

¿Cuándo fue la última vez que te escondiste? La última vez (o quizás este mismo instante) en que, por efecto del pecado, sentiste que era lo más aconsejable alejarte de tu Creador, quien justamente es el único que te puede socorrer.

Él sale a tu encuentro, aunque pretendas esconderte en “madrigueras” que ve sin problemas. Y sí, también está presente en los días fríos, grises y ventosos en los que crees que hay más razones para esconderte y huir de su presencia.

Él sabe mejor que nadie que, cuando las cosas se ponen más difíciles, es cuando más necesitamos sentir cerca al Padre. En vez de salir corriendo al verlo llegar, en vez de zambullirnos en nuestros ridículos escondites, quedémonos quietos y disfrutemos de su compañía, misericordia, perdón y amor.

Las túnicas de pieles que cubrieron a Adán y a Eva, señal del sacrificio que muchos años después se realizaría en favor de la raza humana, siguen como recordatorio del amor de Dios que puede cubrir nuestros pecados con su justicia y hacernos limpios. Es cuestión de no escapar, de permanecer, de reconocer, de creer, de aceptar. Solo así podremos captar un vestigio de ese origen, cuando el hombre caminaba con Dios sin vergüenza, sin temor, hablando solo el lenguaje del amor.

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