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¿ACASO NO PUEDO HACER?

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"Pueblo de Israel, ¿acaso no puedo hacer con ustedes lo mismo que hace este alfarero con el barro? -afirma el Señor-. Ustedes, pueblo de Israel, son en mis manos como el barro en las manos del alfarero" (Jer. 18:6, NVI).

En la casa de Daniel, el alfarero de Humahuaca que con tanta amabilidad nos hospedó, había creaciones suyas por todos lados. Se dedica a la alfarería y tiene una gran sala que le sirve de taller, con obras a medio hacer y porciones de arcilla y cerámica en diferentes procesos.

De pequeño no tenía dinero para comprar juguetes, así que vio en su necesidad una oportunidad para darle lugar a la creatividad y formar el mismo aquellas cosas con las que jugaría. Hacía autitos de madera o de cerámica. En el horno donde su mamá hacía el pan, la arcilla terminaba de "cocinarse”.

Con su profesión mantiene viva la memoria de sus ancestros.

Sale a caminar por los alrededores y, en los mismos caminos donde los turistas de todo el mundo pasan para llegar a los diferentes cerros multicolores, él encuentra la materia prima que le dará de comer. Recicla la arcilla que otros artesanos han dejado; no quiere que nada se pierda y cuida su tierra tan preciada, para que se pueda conservar un poco más.

Con mucha paciencia, moldeaba los que yo hubiera considerado pedazos de barro sin valor, y los convertía en cuencos, ollas, tazas y platos. Todos los utensilios de la cocina estaban hechos por él y ninguno era igual.

Gracias a su trabajo, recordé este pasaje de las Escrituras con mucha claridad

¿Cuán a menudo nos dejamos moldear por el alfarero maestro? ¿Cuán a menudo nos ponemos en sus manos sin miedo al proceso o al resultado?

“El alfarero toma arcilla y la modela según su voluntad. La amasa y la trabaja. La despedaza y la vuelve a amasar. La humedece y luego la seca. Luego la deja descansar por algún tiempo sin tocarla. Cuando ya está bien maleable, reanuda su trabajo para hacer de ella una vasija. Le da forma, la compone y la alisa en el torno. La pone a secar al sol y la cuece en el horno. Así llega a ser una vasija útil. Así también el gran Artífice desea amoldarnos y formarnos. Y así como la arcilla está en manos del alfarero, nosotros también estamos en las manos divinas. No debemos intentar hacer la obra del alfarero. Solo nos corresponde someternos a que el divino Artífice nos forme” (El colportor evangélico, p. 181).

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