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LA MARAVILLA MAS GRANDE DEL MACHU PICCHU

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"Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” (Luc. 10:29).

Los hombres viajan para maravillarse ante la altura de las montañas, ante las enormes olas del mar, ante el largo río, la vastedad del océano y el movimiento circular de las estrellas, pero pasan uno al lado del otro y ni se notan”, dijo San Agustín en cierta oportunidad.

Había viajado para maravillarme ante la altura del Machu Picchu. Ese día, había notado la resistencia de mi cuerpo al subir, con calor y falta de aire, por el sendero que llevaba a las ruinas.

También había notado la increíble fortaleza y persistencia de aquel pueblo que, no por nada, había llegado a convertirse en poderoso imperio.

Sí, realmente el cuerpo y la mente habían sido exigidos y el resultado había sido provechoso. (Ese día y hace siglos.)

Por alguna razón, mientras descendía, pensaba en esta frase e intentaba no perderme simplemente en el paisaje.

Al regresar esa noche a Aguas calientes, el pueblito al pie de la montaña, me senté agotada y hambrienta a cenar en uno de los puestos vegetarianos que encontré. Y a pesar de todo lo que había aprendido ese día de mi cuerpo y del de los antiguos incas, el recuerdo que más se grabó en mi mente fue el de la pequeña niña que me atendió. Mientras me servía una sopa de quinoa, avena y vegetales, conversamos animadamente. Sus padres eran cocineros allí y ella, al igual que muchos niños, ayudaba en el negocio familiar.

Muchos niños jugueteaban alrededor, en medio de los restos de comida y del polvo traído por miles de extranjeros.

Al ver su necesidad y su vida tan sacrificada, mi asombro por el cerro se convirtió en asombro por su sonrisa resiliente y por el brillo en su mirada. Me enseñó la lección más grande.

Pero ¿cuántas veces paso por al lado de alguien en necesidad y ni lo noto? ¿Cuántas veces le quito mérito al costo de su sonrisa? ¿De cuántas cosas es capaz nuestro cuerpo hoy? Asegurémonos de admirarnos ante la naturaleza, de salir del sedentarismo y cuidar nuestro cuerpo, de lograr hazañas con el ejercicio, pero sobre todo de ser sensibles a las necesidades de la gente que tenemos alrededor. Ahí se pone a prueba la verdadera resistencia y exigencia. En "el otro" se encuentra la maravilla más grande; en "el otro" también se encuentra un templo donde el Espíritu Santo quiere habitar.

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