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¿QUIERO YO LA MUERTE DEL IMPÍO?

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"¿Quiero yo la muerte del impío? dice Jehová el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?" (Eze. 18:23).

Tenía dieciséis años cuando entré a la casa de mi tía abuela en los Estados Unidos. Ella, una mujer de contextura delgada y bien menudita, nos daba abrazos muy apretados llenos de amor condensado. Todo estaba en perfecto orden y pulcritud, y enseguida nos invitó a pasar a su escritorio. Ahí tenía varios muebles de metal llenos de archivos. En cada cajón había decenas de carpetas cuidadosamente rotuladas. Adentro había cartas, dibujos, fotos. Algunas eran más abultadas que otras, pero todas tenían el nombre escrito con cariño. Tomó un par aleatoriamente y comenzó a contarnos. Cada una de estas era la historia de vida de un presidiario o presidiaria. Mi tía Evelyn mantenía correspondencia frecuente con cada uno de ellos e incluso con sus familias. Daba estudios bíblicos de esta manera y también compartía mensajes de ánimo.

Llevaba años haciendo esto. Era su ministerio personal y varias personas se habían bautizado. Muchas cumplían condenas de varios años y otros cadena perpetua, pero en Dios habían encontrado la libertad que el pecado les había quitado.

Independientemente de cuál fuera el caso, mi tía entablaba una relación con ellos por este medio y tenía cientos de historias inspiradoras para contar. (Muchas de sus experiencias puedes leerlas en el libro Cárceles sin rejas.)

Mi tía había quedado viuda de joven y, con sus hijos y nietos ya crecidos, disponía de más tiempo libre que otras personas.

¡Cuánto amor había en cada carta! Pasaba horas y horas respondiendo, pensando qué pregunta haría para tocar las fibras más sensibles de corazones endurecidos por el pecado, orando por las decisiones que cada uno debía tomar y velando por sus necesidades emocionales, espirituales e incluso, a veces, materiales.

No, Dios no quiere la muerte del impío. Está dispuesto a perdonarlo, a concederle otra oportunidad, a darle vida en abundancia... así como está dispuesto a hacerlo con cada uno de nosotros. En su infinito amor enciende en muchos de sus hijos la llama de la compasión por otras personas y los utiliza sin medida para alcanzar a muchos más.

Conversa acerca de esto con tu pastor y ora para ver qué puedes hacer, considerando las medidas de seguridad necesarias, para mostrarles que Dios los puede restaurar.

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