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UNA AUDIENCIA EN EL DESIERTO

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"¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto, y ríos en lugares desolados" (Isa. 43:19, NVI).

Una tarde, salí a colportar a una parte de mi zona que venía evitando: el barrio industrial. Lo único que había era maquinaria pesada, desierto, galpones inmensos y alambres que separaban los terrenos de las diferentes fábricas. Me costaba mucho imaginar cómo entraría ahí con todos los carteles que prohibían el paso y sin una entrada en cientos de metros. Estaba llegando a la ruta, y andar sola por ese lugar no era la mejor idea. Oraba para saber qué hacer cuando me encontré con Damián, un hombre muy amable que había conocido el día anterior. Él, creo que, de manera providencial, me mostró por dónde entrar.

Al llegar, expliqué lo que estaba haciendo y, para mi sorpresa, me recibieron con muchísima alegría, ya que consideraron que era la oportunidad perfecta para dar una capacitación de salud a los empleados que en ese momento estaban de paro. Entramos a una casilla pequeña. Había quince hombres que pocas veces dedicaban tiempo al cuidado de su salud y que trabajaban bajo mucha presión y estrés. Me consultaron acerca de varios temas y quedaron encantados con los materiales. Encargaron varias colecciones y, aunque estaba agradecidísima a Dios por todo lo que me estaba dando, sentí que tenía que hacer algo más por ellos.

Comencé a hablarles de la importancia que tenían como hombres en la sociedad y en sus familias. Les abrí mi corazón y les mencioné que, en esa ocasión, no solo estaba apelando a que cuidaran su salud física, sino también su salud espiritual y social.

En sus miradas veía un interés que no había visto antes. Muchos de ellos eran padres. Muchos estaban divorciados y sufrían las consecuencias de las malas decisiones que habían tomado en su estilo de vida desordenado. Noté que el Espíritu Santo estaba trabajando en su corazón. Les dije que no creía en la "casualidad” de ese encuentro, y varios me pidieron que visitara su hogar y orara por su familia. Cuando visité por segunda vez a uno de ellos, me dijo: "Sé que esto que nos dijiste y que nos vendiste fue muy bueno y nos va a hacer muy bien”.

No hay terrenos difíciles para Dios. Donde solo se veía un gran armazón de hierro y un terreno baldío, había muchos corazones que debían ser alcanzados por el evangelio.

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