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LA LUCECITA DEL CELULAR

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"Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Sal. 5:3).

Hace varios años adquirí la costumbre de no agarrar el celular en la mañana hasta no haber terminado de hacer mi culto.

Admito que a veces el cansancio me vence y no logro darle a mi momento de reflexión el tiempo que realmente necesito dedicarle, pero aun esas veces en que solo canto un himno en mi mente, pienso en algún versículo y oro, el celular queda en un segundo plano. No sé qué pasará apenas me levante, y necesito saber que mi primer recuerdo del día es mi conversación con Dios.

La mañana de ese domingo de mi cumpleaños no fue la excepción. Mi celular tenía la lucecita intermitente prendida desde la madrugada, e imaginé que serían saludos tempranos. Pero antes de agarrarlo, hice mi culto. Oré y le pedí a Dios que, en ese nuevo año de vida que comenzaba, me regalara más momentos con él y más oportunidades para predicar. Le pedí que todo esto terminase pronto y que volviera a buscarnos. Ese fue mi deseo sin soplar velitas.

Después de cambiarme y prepararme para ir al Club de Conquistadores, tomé el celular y leí el primer mensaje que había llegado a la madrugada. Me doblé de dolor, me agarré de la cama para no caer y ahogué uno de los llantos más desgarradores y desconsolados de mi vida, porque en ese mensaje estaba una de las noticias más tristes y trágicas que alguna vez recibí: una de mis mejores amigas se había suicidado.

Nunca estamos listos para las malas noticias. No fuimos creados con ese chip.

Quería meterme en la cama otra vez y llorar todo el día, pero eso no era lo que había pactado con Dios. Mi día había arrancado con él y, aunque estaba aturdida por el dolor, él me dio fuerzas sobrenaturales para acompañar a los conquistadores en la predicación que tenían planificada esa mañana y cumplir con mi oración.

Otro día leeremos un poco más acerca de esto, pero quiero invitarte a que hagas de Dios lo primero en tu vida, no solo al tomar decisiones importantes a lo largo del día, sino al momento de comenzar, al despertar. Realmente nunca sabemos qué va a pasar y no hay nada mejor que afrontarlo con la certeza de que estamos de su mano. Si aún no lo has hecho, búscalo en oración. Que oiga tu voz.

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