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LA COJERA DE GRISELDA

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“Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó” (Mat. 21:14).

La vi llegar con una caminata lenta y trabajosa, arrastrando un poco los pies. Yo estaba sentada en la sala de espera del sanatorio y ella se acercaba con cara de preocupación. Apoyado en su brazo, venía un hombre sumamente pálido y delgado.

La mujer se sentó a mi lado, exhaló un suave suspiro y miró hacia delante. Unos segundos después, como siguiendo una conversación de siempre, me miró y, en un susurro, me dijo: “Ya no aguanta más el dolor. Espero que nos atiendan pronto”. Asentí en silencio, porque ella estaba por seguir hablando. "Es terminal. Ya no hay remedio. Tiene el cáncer esparcido por todo el cuerpo. Ahora está recibiendo cuidados paliativos y por eso vinimos, pero ya no le queda mucho", negaba con la cabeza. Hizo una pausa y continuó: “Yo también estoy por hacerme revisar. Voy a hacerme una cirugía de la columna cuando pase todo lo suyo".

Al verla, había pensado que era una mujer cuya forma de caminar representaba su desgano ante la vida. ¡Qué equivocada estaba! ¡Cuán prejuiciosos somos a veces!

Esta fuerte y valiente mujer había sobrevivido a innumerables operaciones de columna, a su cáncer (del que ahora ya estaba curada), y ahora acompañaba a su esposo hasta lo último, sumida ella también en profundos dolores por todo el cuerpo y el corazón, pero hablándome con sonrisa y ánimo inusuales.

"¡Qué lindo que tengas tu Biblia!", me dijo al verla sobre mi regazo. “Acá siempre nos hablan de Dios y aprendí que muchas de las cosas que enseñaba mi religión no eran bíblicas. Así que ya dejé esa iglesia y ahora estudio la Biblia. Una vez, cuando me operaron, un enfermero vino a mi habitación, oró conmigo y me ayudó a calmar mi dolor. Sé que Dios me salvó la vida con un plan. Siempre lo supe”.

Leímos juntas un par de salmos y quedamos en contacto. Seguramente hoy te cruzarás con alguien en la calle, en el trabajo o en las clases con quien podrás derribar prejuicios y compartir la Palabra de Dios. Pídele a Dios que te use y te dé humildad para aprender de ellos también. Pídele que, aunque sus "cojeras" actuales permanezcan, puedan ir a Dios -como esta mujer-y recibir consuelo para sus vidas físicas, sanidad para sus vidas espirituales y una comunión con él. Como este enfermero cristiano, cumple tu doble deber. Aprovecha las oportunidades. Vendrán solas.

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