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“Me ha hecho andar en las tinieblas; me ha apartado de la luz” (Lam. 3:2, NVI).

Mi abuelo paterno es fotógrafo. Como no hemos compartido mucho tiempo juntos, nunca pude ver su taller, pero sí vi varias de sus fotos y noté que eran muy diferentes de las que imprimían las máquinas.

Una vez les acerca del proceso. Para revelar fotografías, es necesario llevar la película a un cuarto oscuro. Unos químicos especiales actúan en la oscuridad y entonces se exponen los negativos a la luz, para producir las copias finales. Si se exponen de entrada a la luz, la película se destruye. Pero al pasar por el proceso, la luz exhibe su belleza.

Nosotros también pasamos por un cuarto oscuro y, a medida que Dios obra en nosotros, comenzamos a revelar su imagen. Recién ahí estamos listos para exponernos a la luz. Podemos quejarnos, cuando en realidad él nos está concediendo los beneficios de la oscuridad. Nos está evitando una quemadura que imposibilitaría que se viera la imagen final.

Una vez escuché un sermón en el que el pastor mencionaba que, en algún momento de nuestra vida, nos toca enfrentarnos a eventos traumáticos del pasado. Pueden ser episodios oscurísimos a los que preferimos ni volver, pero están latentes y muchas veces son la causa subyacente de males superficiales o profundos que nos acompañan toda la vida y afectan muchas de nuestras relaciones.

El pastor invitaba a volver a esos eventos, pero tomados de la mano de Dios. Muchas veces es necesaria ayuda profesional y apoyo emocional de parte de muchas personas para atravesar momentos así, pero la idea que él exponía es la de una caminata con Dios a ese evento singular que tanto nos afectó. Al animarnos a enfrentarnos a eso con Dios, podemos reconocer que estuvo con nosotros en esos momentos también, y dejar que esa imagen traumática, dolorosa o triste se convierta en un episodio más en el que nos acompañó; como si él pasara esa fotografía por una edición de Photoshop y nuestra percepción del pasado cambiara y nos ayudara a tener un mejor presente y futuro. ¡Y tiene sentido!

Podemos, como Jeremías, decir al ver la luz: "Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! Por tanto, digo: 'El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!' (Lam. 3:23, 24).

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