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DOS HERMANOS TALENTOSOS

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"Ahora bien, hay diversos dones, pero un mismo espíritu. Hay diversas maneras de servir, pero un mismo Señor" (1 Cor. 12:4, 5, NVI).

Adolf y Rudolf Dassler fueron dos hermanos que vivieron a principios del siglo XX. Su padre, renombrado y habilidoso zapatero de profesión, tenía una gran fábrica de zapatos en la que cada uno de los hermanos ejercía mejor sus habilidades: Adolf, con su mano artesanal; Rudolf, con su administración impecable.

Sin embargo, comenzaron a competir y se convirtieron en los más acérrimos enemigos. Tanto es así, que su pequeña ciudad en Baviera, además de dividida por un río, quedó dividida por su rivalidad. De Adolf, más conocido como Adi, surgió Adidas; de Rudolf, más conocido como Puma, surgió la marca homónima. Ambos pagaron a deportistas para representarlos y aumentar su fama y ventas en los diferentes eventos futbolísticos y olímpicos.

Murieron peleados y sus hijos continuaron con su odio amargo, pero hasta el día de hoy ambas marcas son reconocidas por su calidad.

Adolf alegaba hacer las mejores zapatillas. Rudolf se ufanaba por su capacidad de venderlas. Su productividad se multiplicó, pero nunca fue a una bolsa común y nunca sabremos qué hubiera surgido de un trabajo en conjunto.

Muchas veces, como hermanos de iglesia tenemos el mismo problema. Tenemos un objetivo común, pero en vez de sumar nuestros esfuerzos y talentos, armamos varios frentes para atacarnos y defendernos unos de otros y obstaculizamos el avance de la obra. Buscamos representantes y la división aumenta, y muchas personas van al descanso peleadas. Más que ser conocidos por ser hermanos, a veces somos conocidos por las diferentes prohibiciones que representamos con nuestros respectivos grupos y por el ahínco con que nos aferramos a ellas, sin reparar mucho en la estela de personas damnificadas que eso deja.

Dios hoy nos llama a unirnos como hermanos, a valorar esas diferentes capacidades que tenemos ya no verlas como un obstáculo, sino como parte necesaria de un todo.

"Dios ha confiado a los hombres talentos: un intelecto donde se originan las ideas, un corazón para que sea el asiento de su trono, los afectos para que fluyan como bendiciones para otros, una conciencia para que convenza de pecado. Cada uno ha recibido algo del Maestro, y cada uno debe hacer su parte para satisfacer las necesidades de la obra de Dios” (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 116).

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