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La caricatura

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«Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen». Gen. 1:27

A todo el mundo le gusta tener una maestra sustituta. Bueno, a todo el mundo no. Yo logré mantener la cordura durante la ausencia por maternidad de mi maestra de tercer grado única y exclusivamente gracias a las predicaciones de la oradora invitada para la Semana de Oración, la reconocida autora Sally Streib. Y cuando la maestra Zane, sustituta, nos impartió la clase de arte de octavo grado, bueno, lo menos que la consideré en ese momento fue «amiga».

La maestra Zane nos pidió que dibujáramos a nuestros compañeros, y a mí me pareció que mi amiga Christine era una excelente fuente de inspiración. Tenía una larga cabellera rubia, un rostro ovalado, gafas redondas y una nariz prominente. Picasso no podría haber estado más emocionado que yo con mi musa.

Christine se sentó a mi lado y empezó a posar mientras yo comenzaba a dibujarla. Exageré sus rasgos, convirtiendo su rostro en un revoltijo de curvas y ángulos, que era exactamente lo que yo estaba buscando. Seguí el famoso estilo de arte conocido como caricatura. Cuando terminé, a Christine le encantó, y solo faltó haber tenido una cámara a mano para capturar su sonrisa. La señora Zane, por el contrario, se mostró horrorizada.

-¡Qué dibujo tan horrible! -exclamó- ¿Por qué hiciste una imagen tan fea de una chica tan linda?

-Es una caricatura —traté de explicarle- Como las que hacen los que dibujan a los políticos o a ciertos personajes famosos. Exagera los rasgos físicos de la persona para lograr un efecto gracioso. Es como dibujar a Abraham Lincoln como un hombre exageradamente alto y delgado con un gran sombrero negro.

La maestra Zane refunfuño, poco convencida. Si alguna vez me habría sentido orgulloso de haber obtenido la calificación más alta, habría sido ese día.

Aunque la señora Zane solo vio fealdad en mi caricatura, la fea verdad es que la vida está llena de caricaturas. Y las peores caricaturas son las palabras: palabras degradantes, humillantes y deshumanizantes. En el mundo de los negocios, los hombres veían a las mujeres en las oficinas como simples «faldas». Los fanáticos de hoy lanzan improperios que se burlan de las personas por sus rasgos o sus acciones. El chino, el negro, el ilegal, el mocho... Cuando etiquetamos a las personas con motes burlones que las humillan, todos perdemos. Perdemos su valioso aporte. Y perdemos un poco de nuestra propia humanidad al negar la de ellos.

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