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Elena

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<<Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras», Efe. 2:10, NVI

Durante su niñez en la fría ciudad de Portland, Estados Unidos, Elena Harmon no soportaba el libro de texto de lectura de la escuela. El libro, de la década de 1830, presentaba a una niña también llamada Elena como protagonista: toda una (perfecta) angelita de la época victoriana. Con su blusita clásica de mangas abombadas y falda acampanada, este modelo imaginario de perfección se adaptaba al título de una de las lecciones: «La niña buena».

Como si esa no fuera suficiente propaganda escolar puritana, el libro buscaba atornillar en las mentes de los niños las virtudes cristianas. Como Elena lo describió más tarde, presentaba «biografías religiosas de niños que tenían numerosas virtudes y vivían vidas impecables». Elena se desesperaba por tratar de asemejarse a esos modelos de perfección. «Jamás podré ser cristiana -se decía a sí misma—. No tengo la esperanza de ser como esos niños».

Una tarde, cuando tenía nueve años, Elena y su hermana Elizabeth regresaban a casa desde la escuela cuando una niña mayor corrió hacia ellas, furiosa. Las tres comenzaron a correr, pero cuando Elena se volvió para ver cuán lejos estaba la chica enojada, una piedra la golpeó en toda la cara. Perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, estaba en una tienda con la nariz sangrándole, el vestido empapado y un charco de sangre en el suelo. Un extraño se ofreció a llevarla a casa en su carruaje, pero ella no quería ensuciar su vehículo, así que se negó. Elizabeth y su amiga la llevaron a casa. Permaneció en coma durante las siguientes tres semanas. Solo su madre tenía fe en que sobreviviría.

Ella describe la primera vez que se vio en el espejo: «Todos los rasgos de mi rostro se veían diferentes. [...] El hueso de la nariz se había fracturado. El pensamiento de llevar esta desgracia durante toda la vida era insoportable. No podía ver placer en mi vida. No deseaba vivir, pero no me atrevía a morir, porque no estaba preparada».

Cuando se recuperó, su rostro deformado la persiguió en la forma de viejas amigas que ya no querían jugar con ella ni hablarle. Ella recurrió a Dios en busca de consuelo y pudo hallar su amor. Pero hay algo que muchas veces se pasa por alto sobre Elena G. de White: Elizabeth era su gemela. Y a pesar de que no eran idénticas, cada vez que Elena miraba la cara bonita y perfecta de Elizabeth, era como verse en un espejo trágico.

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