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La saliva y la neurociencia

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«Veo a los hombres. Me parecen como árboles que andan». Mar. 8:24

EI ciego de Marcos 8 posiblemente perdió la vista mucho después de nacer. La imagen distorsionada que veía se parece a un caso que se reporta en el libro Un antropólogo en marte, del neurólogo Oliver Sacks. Sacks documenta el caso de un hombre llamado Virgil, que recuperó la vista más tarde en la vida. Aunque a través de una operación logró reparar sus ojos físicamente, su cerebro tuvo dificultades para entender lo que veía. Virgil veía a sus gatos como globos blancos y negros y tenía problemas para percibir la profundidad.

Virgil y este hombre al que Cristo curo no podían procesar bien las imágenes. El ciego de Marcos 8, sin embargo, fue más afortunado que Virgil, porque tenía al gran Médico del universo a su lado. Jesús le curo los ojos y le preguntó qué veía. Él le dijo que veía hombres, pero parecían árboles. Jesús no solo le estaba haciendo un examen de la visión, sino lidiando con la ciencia del cerebro. Después de poner sus manos sobre la cara del hombre, este pudo ver claramente. Jesús sabía muy bien que la visión a veces requiere dos curaciones: la de los ojos y la de la capacidad del cerebro para procesar lo que se ve.

Tenemos también el caso del hombre ciego de nacimiento (Juan 9:1-7). Es muy probable que no tuviera ojos, solo las cuencas. Esto puede explicar por qué la gente apenas podía reconocerlo después. A medida que avanzamos en el pasaje, vemos que Jesús tomó un poco de tierra, escupió en ella y la puso sobre los ojos del hombre. Luego le dijo que se los lavara en un estanque cercano. Él lo hizo y, de repente, recuperó la vista. Si bien algunos pueden pensar que el lodo tiene propiedades curativas, es bueno recordar que estamos hechos de barro, la plastilina de Dios. Jesús tomó un puñado de tierra y moldeo un par de globos oculares; dudo que tu oculista pueda hacer eso.

Pero regresemos a la saliva. Puede parecernos un poco asqueroso, en esta época de enjuagues bucales de todos los colores y sabores, pero en aquel entonces se creía que la saliva del primogénito de la familia tenía propiedades curativas. Sin embargo, el poder curativo de la saliva se aplicaba solo a la familia inmediata. Consciente de esto, Jesús actuó como el gran hermano de los dos hombres. Con esto, venía a decir que él es el hijo mayor de la familia humana, así como el primogénito de Dios.

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