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El hombre que amaba el mar — 2a parte

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«En su angustia clamaron al Señor, y él los sacó de la aflicción; convirtió en brisa la tempestad, y las olas se calmaron». Sal. 107: 28-29

Joseph se aferró a la vida mientras el capitán, la tripulación y otros marineros se esforzaban por llevarlo de regreso a bordo. Finalmente, lograron subirlo a cubierta y todos volvieron a respirar. -¿Estás herido?-preguntó uno. -No-jadeó Joseph, temblando y con la ropa empapada. - ¿Qué pasó con el tiburón? -preguntó otro.

Joseph se acordó de repente del tiburón y comenzó a temblar de nervios por lo que pudo haber sido. ¡El tiburón! Se había olvidado completamente del tiburón.

Joseph y la tripulación corrieron al otro lado del barco y, sorpresa, ¡allí estaba el tiburón, nadando tranquilamente junto al barco!

Se quedaron atónitos, y nadie volvió a meterse con el animal. Pero no podían entender cómo era que el tiburón se había movido a un lugar donde no estaba pasando nada emocionante como, por ejemplo, que se hubiera caído un hombre al agua.

A pesar de haberle visto la cara amarga al mar, el amor de Joseph por la navegación no hizo más que aumentar. Siguió navegando en buques de carga, en viajes de unos pocos meses cada vez. Pero cuando tenía diecisiete años, un viaje de Nueva York a Rusia le dio más aventura de la que jamás hubiera imaginado.

A medianoche, el barco golpeó hielo en la costa de Terranova. El choque lanzó a Joseph al otro lado de la habitación, dejándolo momentáneamente aturdido. Joseph y el Sr. Palmer estaban atrapados en la proa. Se prepararon para hundirse en las gélidas aguas del Atlántico.

Desde la cubierta superior, se escuchaban gritos de auxilio. De repente, la escotilla que había por encima de ellos se abrió.

-¿Hay alguien ahí abajo?-gritaron en la oscuridad. -¡Sí, aquí estamos! -respondieron ellos.

Joseph y el señor Palmer treparon entonces hasta la cubierta, donde encontraron al capitán y al segundo al mando de rodillas, orando por sus vidas, mientras la tripulación luchaba por controlar el barco.

Estaban rodeados de hielo y el viento los empujaba hacia adelante. Palmer amenazó con tirar al capitán por la borda. Aunque se trataba de un motín bastante tardío, dijo que enviar al capitán a la eternidad unos minutos antes sería igual de satisfactorio. Joseph agarró a Palmer, y gritó:

-¡Déjenlo en paz! Ayúdenme con la bomba de achique. Continuará...

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