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El hombre que amaba el mar — 3a parte

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«Eran lanzados hasta el cielo y hundidos hasta el fondo del mar; ¡perdieron el valor ante el peligro! Se tambaleaban como borrachos; ¡de nada les servía su pericia!». Sal. 107:26-27

Afortunadamente, la bomba de achique funcionó. Animado por el giro de los acontecimientos, el maestre principal grito:

—¡Suelten las drizas del juanete y de la gavia! ¡Suelten las sogas y las escotas! ¡Bajen y aseguren las velas superiores!

Como Bates más tarde lo describió: «Quitarle el viento a las velas alivió de inmediato al barco, y como una palanca que se desliza bajo una roca, se separó de su posición desastrosa, y se quedó en equilibrio con un costado hacia el hielo».

De alguna manera, el barco, con su parte delantera destrozada y su mástil recogido, logró salir del hielo. Catorce días después, desembarcaron en Irlanda, e hicieron las reparaciones necesarias para continuar el viaje a Rusia. Se unieron a un convoy de más de doscientos barcos británicos y luego, después de una tormenta, partieron en solitario a lo largo de la costa de Dinamarca.

De repente, dos corsarios daneses comenzaron a dispararles con cañones. Los corsarios los capturaron y los llevaron a Copenhague, Dinamarca, para ser juzgados. El barco y su carga fueron condenados, por orden de Napoleón Bonaparte, por su fraternización con los británicos.

El dueño del barco rogó a la tripulación que jurara que no habían tenido ningún contacto con los británicos. Joseph insistió en que no podía mentir. Casualmente, fue el primero que llamaron a testificar.

-¿Sabes qué significa hacer un juramento, jurar decir la verdad? —le preguntó un juez en inglés.

-Sí -dijo Bates. El juez le señaló una pequeña caja:

-Esa caja -dijo el juez-, contiene una máquina para cortarles los dedos índices y el pulgar a todos los que juren en vano en este lugar. Ahora, levanta tus dos dedos índices y el pulgar de tu mano derecha.

Joseph juró contar la verdad de lo que hizo. Cuando lo liberaron, trató de regresar a Irlanda, pero en Liverpool lo secuestraron y lo obligaron a ingresar a la marina británica. Intentó nadar hacia la libertad, pero fue capturado. Terminó dirigiéndose hacia el Mediterráneo para luchar contra el ejército de Napoleón.

Joseph trató de contactar a sus padres. Cuando por fin recibieron una carta de él, su padre le pidió ayuda a James Madison, que era el presidente de los Estados Unidos en ese momento. El presidente y el gobernador de Massachusetts se propusieron ayudarlos, pero repentinamente estalló la guerra.

Continuará...

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