Regresar

Pastor, mentiroso, engañador y ladrón

Play/Pause Stop
«Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abraham y de tu padre Isaac. Gén. 28:13

Si había algo en lo que era bueno Jacob, era engañando. Dios le había dicho a Rebeca, la madre de Jacob, que él sería honrado por encima de Esaú, su gemelo, que había nacido apenas unos minutos antes que él. Esta era una declaración sorprendente en el rígido mundo antiguo que honraba a los hijos primogénitos. Las probabilidades ciertamente parecían estar en su contra. El favorito de su padre, Esaú, era musculoso y pelirrojo, recorría diariamente los campos cazando animales salvajes. Jacob, por otra parte, era tranquilo, se quedaba cerca de casa y acompañaba a su madre.

Un día, Esaú llegó a casa hambriento y le pidió a Jacob un plato del guiso que estaba cocinando. Jacob aprovechó el momento. «Claro que te lo puedo dar - le dijo-, pero primero debes cederme tu primogenitura». Con el pulso acelerado del trabajo duro y el estómago pegado al espinazo, Esaú se encogió de hombros y aceptó. «¿De qué sirve ser primogénito si te estás muriendo de hambre?», dijo.

Cuando su padre Isaac trató de impartir secretamente la bendición ritual a Esaú sin que Jacob se enterara, Rebeca lo escuchó, y comenzó un círculo de engaños que persiguió a la familia durante años. Como Isaac ya estaba viejo y ciego, Rebeca hizo que Jacob se vistiera con la ropa de su hermano y se colocara en los brazos pieles de cabras peludas para engañarlo. Dio resultado y, antes de que Esaú regresara de cazar, Jacob había obtenido la bendición de su padre.

Esaú explotó de rabia, jurando vengarse de su hermano. Rebeca le sugirió a Jacob que aprovechara el momento para irse y buscar una buena esposa temerosa de Dios en la casa de su tío, que vivía lejos. Mientras Jacob viajaba hacia Harán, solo y avergonzado, la bendición de Dios parecía estar más lejos que nunca. Durante la noche, con la cabeza recostada sobre una piedra, soñó con una escalera que se extendía del cielo a la tierra. Sobre ella, vio ángeles ascendiendo y descendiendo, y Dios parado a su lado, declaro: «Yo estoy contigo; voy a cuidarte por dondequiera que vayas, y te haré volver a esta tierra. No voy a abandonarte sin cumplir lo que te he prometido» (Gén. 28:15).

Jacob despertó con un santo temor. «¡Qué lugar tan maravilloso! -exclamó—. Esta es la casa de Dios, la puerta del cielo». Las andanzas de Jacob le enseñarían a esperar en Dios. Y es que a Dios le encanta transformar a los engañadores en soñadores.

Matutina para Android