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Servir con una pala

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«Ustedes son la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su padre que está en el cielo». Mat. 5:14-16

Mientras dentro de casa se sentía el apetitoso aroma del almuerzo del sábado, papá miraba extrañado las escaleras del sótano. Vio cómo el perro se metía en un pozo de agua en el sótano, que se estaba inundando. Una nevada intensa, seguida de un rápido deshielo y fuertes lluvias, habían colapsado el terraplén destinado a proteger la parte trasera de la casa. Estaba también comenzando a entrar agua por debajo de la puerta. No había otra alternativa que ponerse ropa vieja y comenzar a sacar agua.

Mientras mamá y yo sacábamos agua del sótano, papá cavó una zanja en el patio, para que el agua drenara. Gracias a que los tres trabajamos juntos, logramos contener la amenaza. Apoyado en su pala, papá pensó en la casa de al lado. ¿Les estaría pasando lo mismo a los vecinos? El vecino pasaba fuera de casa largos períodos de tiempo, y dos niños pequeños no serían de ayuda a su esposa en esa situación. Lo mejor era averiguar.

Efectivamente, la bomba del sumidero no funcionaba y el sótano estaba inundado. Olvidándonos del festín que nos esperaba en la cocina, nos dispusimos a ayudar. Esta vez mamá y yo cavamos en la nieve mientras papá trataba de descubrir qué estaba impidiendo que la bomba funcionara.

La conmoción despertó a Bob, el anciano que vivía al otro lado de la calle, quien no pudo resistirse a acercarse. Al principio, trató de echar una mano, pero luego se quedó mirándonos y opinando sobre nuestro progreso, incluyendo las malas palabras de rigor. De repente, como que se dio cuenta de lo que estaba diciendo y se disculpó por hablar así en «nuestro sábado». Él era cristiano de otra denominación y rápidamente entendió que estábamos «rescatando al asno que cayó en el pozo». Metido hasta las rodillas en la nieve, me di cuenta de que esta era una oportunidad de testificar, quizá menos sencilla que la testificación puerta a puerta.

Finalmente, pude reparar la bomba del sumidero y el nivel del agua comenzó a bajar. Recogimos las palas y nos fuimos a casa a ducharnos y a disfrutar nuestra lasaña.

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