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Recordemos a José

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«Al darse cuenta sus hermanos de que su padre lo quería más que a todos ellos, llegaron a odiarlo y ni siquiera lo saludaban». Gén. 37:4

Él era noble e inteligente, pero hay que admitir que cuando llegó a la adolescencia, se puso un poco impertinente. José, uno de los dos hijos que tuvo Raquel, la esposa favorita de Jacob, tenía hastiados a sus hermanos mayores, de diferentes madres, con su actitud de sabelotodo. Y cuando les dijo que había soñado que algún día todos se inclinarían ante él, las cosas se pusieron peor. El engaño era una tradición familiar, así que, siguiendo la misma línea, los hermanos vendieron a José como esclavo y le dijeron a su padre que un animal salvaje lo había matado.

En Egipto, José tuvo que valerse por sí solo. Sin embargo, en lugar de amargarse, se aferró a Dios y aprovechó todas las oportunidades que se le presentaron para prosperar. La gente comenzó a notarlo: «Este tipo es humilde, pero trabaja bien», decían. En una ocasión en la que la esposa de su amo Potifar se obsesionó con él y lo acusó de propasarse con ella, Potifar lo echó, pero no quiso que lo ejecutaran. José estuvo en la cárcel bastante tiempo, algo fuera de lo común en las cárceles egipcias, que no estaban destinadas a mantener a los prisioneros a largo plazo, sino que eran retenes temporales en el camino hacia la libertad o la ejecución. Cuando José pasó de prisionero a primer ministro, sin duda estaba muy sorprendido, pero dudo que Potifar estuviera tan sorprendido como él.

José pronto se hizo cargo del nuevo modelo económico de Egipto. Y gracias a los consejos que Dios le dio, cuando llegó la hambruna, Egipto fue el único lugar donde aún se conseguían granos. Finalmente, los hermanos reaparecieron en la vida de José, pero en circunstancias muy diferentes. ¡Y no lo reconocieron! José necesitaba saber si seguían siendo los mismos despreciables egoístas, así que decidió que la única forma de averiguarlo era jugando un poco con sus mentes.

Para asombro de José, parecía que el tiempo había cambiado a sus hermanos. Incluso Judá, que había sugerido que venderlo era mejor que matarlo porque de esa forma al menos ganarían algo de dinero, era un hombre distinto. José se reveló a sus hermanos; y su padre, ahora anciano, respiro sin dolor por primera vez en años.

José me recuerda a algunos buenos jóvenes cristianos hiperentusiastas, consagrados y a veces medio impertinentes. No seas tan duro con ellos, que algún día podrían salvarte la vida.

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