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Dios te ama — 3a parte

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«Cree en el Señor Jesús, y obtendrás la salvación». Hech. 16:31

Inés y Damaris se apresuraron por las oscuras calles hasta llegar finalmente a casa. La madre de Inés las estaba esperando, preocupada. «¿Por qué llegas tan tarde? ¿Qué te pasó?». No les fue fácil comenzar a hablar. Mientras se cambiaban la ropa, mamá les preparó un té y pudieron compartir lo que había sucedido. Al hablar se dieron cuenta del peligro del que Dios las había salvado. «Pero estoy segura de que Dios tocó las vidas de ellos», dijo Inés. Al escuchar lo ocurrido, la madre sugirió que oraran para que la semilla de esperanza que Dios había plantado diera fruto. Las chicas continuaron vendiendo libros y revistas para poder pagar sus estudios.

Meses después, las invitaron a una iglesia para un seminario para colportores. De camino, se preguntaron si merecía la pena el viaje. Al llegar, un joven las recibió en la puerta. «Creo que nos conocemos», les dijo. Ellas le dijeron que su cara les era familiar. Luego, el chico tomó la Biblia que llevaba debajo del brazo y se la entregó a Inés, que al verla abrió los ojos de par en par. Era la Biblia que le había dado al líder de la banda de delincuentes. Ambas estaban sorprendidas.

«Cuando me diste la Biblia, me dijiste que Jesús cambiaría mi vida, y tenías razón -dijo—. Desde esa noche en adelante, Dios obró un milagro en mi vida».

Lo escucharon atentamente mientras les contaba cómo se había quedado anhelando la paz y el amor que vio esa noche en ellas. Luego, preguntó: «¿Quieren ver a los demás?». ¡Sentados en la primera fila de la iglesia estaban los otros ocho!

Se habían enterado del seminario y estaban allí, esperando poder verlas a ellas. Luego vino otra sorpresa. Después de la reunión, fueron a conocer a las familias de los chicos, que las recibieron con sonrisas y abrazos. Tras el en nocturno, los muchachos habían sido transformados. Pasaron horas leyendo la Biblia y las revistas, incluso enviando sus estudios bíblicos a la dirección que aparecía en las revistas. Al ver cuánto habían cambiado, sus familias se unieron a ellos para aprender de Dios.

Tanto familiares como amigos de cada uno de estos jóvenes se habían hecho adventistas. Y todo, porque dos adolescentes se mantuvieron firmes en su confianza en Dios.-Adaptado de Misión adventista, marzo de 1995

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