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¡A descansar!

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«En verdes praderas me hace descansar, a las aguas tranquilas me conduce, me da nuevas fuerzas». Sal. 23:2-3

Actualmente, estoy haciendo mi residencia en un hospital. Este es el siguiente paso después de ocho increíbles años de estudios universitarios, pero básicamente significa que no duermo. Cada cuatro noches me toca hacer un turno de treinta horas. A veces tomo una siesta en una sala hasta que mi localizador vuelve a sonar, pero lo cierto es que, sistemáticamente, no descanso nada.

La primera noche de mi residencia fue buena y la segunda noche también, pero cada noche de llamadas me iba dejando un poco más agotada y consumida. Anhelaba regresar a casa y echarme en mi cama. Tompaul siempre me ayudaba a acostarme, pero yo no quería que me tocaran porque tenía dolor. Nunca hubiera imaginado que el cansancio podía causar dolor físico; ahora lo sé.

Una noche, cuando me acosté, me puse a llorar por un dolor que no podía identificar, ni vendar, ni se quitaba con aspirina. No sabía qué hacer para aliviar aquel dolor. Tenía que terminar mis ochenta horas semanales; y no solo eso, sino trabajarlas bien. La vida de muchas personas dependía del buen funcionamiento de mi cerebro, que estaba privado de sueño (y eso no ayuda nada a pensar bien). Me aterrorizaba cometer un error mortal. Me sentía desdichada, deprimida y malhumorada.

A veces, los pastores hablan de cómo Jesús puede sanar nuestras heridas y cómo debemos invocarlo y (con voz de predicador emocionado) reclamar sus promesas. Pero seamos sinceros, ¿cómo podría Dios darme más horas de descanso? Esa pregunta me hizo recordar dos ocasiones en las que Dios alargó el día: para Josué y para Ezequías. ¿Haría eso cada cuatro días por mí?

La Biblia dice: «Pidan y Dios les dará», es cierto, pero pedir eso me parecía demasiado pedir. Me senté a un lado de la cama con una necesidad que no sabía expresar. Pero la respuesta llegó en un susurro: Yo te haré descansar. Y descansar era precisamente lo que necesitaba. A veces, Tompaul me encontraba caminando dormida o dándole órdenes a la almohada. Así que, con Tompaul a mi lado, oré pidiendo descanso. Oré mucho todos los días.

Todavía me siento cansada algunas veces. Todavía tengo un horario intenso y me pongo de mal humor, pero Dios me ha dado descanso. Cuando me despierto, me siento renovada. Y eso es suficiente. No solo suficiente, es una clara respuesta a mi oración. ¿No crees que Dios puede responder también tus oraciones?

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