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La historia de Kristine – 2a parte

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«Este testimonio es que Dios nos ha dado vida eterna, y que esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo de Dios, tiene también esta vida; pero el que no tiene al Hijo de Dios, no la tiene. Les escribo esto a ustedes que creen en el Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna». 1 Juan 5:11-13

Cuando cumplí dieciséis años, descubrí una nueva clase de libertad. Obtuve mi licencia de conducir; y antes de la Pascua, me dio por escuchar música cristiana en la radio, pero, debido a la fecha, gran parte de la música estaba relacionada con la muerte y la resurrección de Jesús.

Mi hermana Karin y yo asistimos a varios conciertos cristianos. En uno de ellos, el cantante hizo una pausa para hablar de Jesús, específicamente de todo lo que sufrió por nosotros cuando murió. De repente, me di cuenta de que, aunque había oído hablar de Jesús desde que tenía uso de razón, mi conocimiento de él era meramente intelectual. No tenía ninguna clase de relación personal con él. Las historias de su vida y su muerte eran solo eso: historias que había escuchado tantas veces que ya ni les prestaba atención. No influían en nada sobre mi idea de la salvación. Simplemente actuaba bien porque se suponía que debía hacerlo.

Pero esa noche, oí el verdadero mensaje por primera vez. Nunca lo había escuchado expresado de manera tan apasionada y simple. Cuando volví a casa, comencé a leer la Biblia. Una vez había intentado leerla cuando tenía diez años, pero empecé por Génesis y Éxodo, y paré cuando llegué a Levítico. No lo intenté más durante los siguientes seis años. Esta vez comencé con Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento. Quería descubrir por mí misma lo que la Biblia dice sobre Jesús.

Leí todo el Nuevo Testamento y luego volví al Antiguo. Pasé la mayor parte de mi tiempo libre leyendo la Biblia. Mientras leía, aprendía sobre Jesús. Aprendí a depender de Jesús para mi salvación en vez de confiar en mí misma. Me di cuenta de que todas las historias bíblicas que había escuchado de niña encajaban en el cuadro completo de la salvación que Dios presentaba en la Biblia. Aprendí que ser cristiana no tiene que ver con portarme bien para sentirme apta para llegar al cielo, sino con amar a Jesús y querer ser como él. Y aprendí que no tengo que temer a la muerte porque tengo la seguridad de la salvación.

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