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El santuario

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«¿Será verdad que Dios puede vivir sobre la tierra? Si el cielo, en toda su inmensidad, no puede contenerte, ¡cuánto menos este templo que he construido para ti!». 1 Rey. 8:27

Los mesopotámicos y otros pueblos del Antiguo Oriente Próximo creían que sus dioses necesitaban que los seres humanos los atendieran, así que les proporcionaban comida y bebida entre otros sacrificios. Había personas que les cocinaban, limpiaban los recintos donde estaban y los desempolvaban. Lavaban las estatuas y les cambiaban las vestimentas a los ídolos, tal y como lo hacía el personal del palacio con los reyes. Los antiguos pensaban que sus templos eran las casas de sus dioses, y que, si no hacían templos y santuarios, las deidades no tendrían lugar para vivir. Pero una vez que un dios se establecía en la estatua o en otra imagen en un templo, quedaba atrapado en el ídolo y tenía que ser llevado de un lugar a otro, incluso para visitar a otro dios en algún lugar vecino.

Por todo esto, la gente pensaba que los dioses dependían de ellos. Los mitos mesopotámicos afirman que uno de sus dioses más altos creó a los humanos para hacer el trabajo que los dioses menores se habían negado a hacer. Eso le dio a la humanidad cierto poder. Si los sirvientes humanos de los dioses dejaban de ofrecer sacrificios, las deidades pasarían hambre. Si un dios no hacía algo que ellos querían, sus cuidadores dejaban de sacrificar hasta que la deidad cedía. Los reyes y otros gobernantes construían magníficos santuarios para recibir el favor de los dioses y no como expresión de amor hacia ellos.

Estos pueblos no solo no amaban a sus dioses, sino que los dioses mismos no tenían sentimientos hacia la humanidad, pues su relación era de sirviente-amo. La recompensa que una persona podía esperar del servicio a los dioses era la sensación de haber hecho bien su trabajo. La situación en Israel, sin embargo, era bastante diferente.

Los diversos sacrificios de los israelitas no eran para darle comida y bebida a un Dios hambriento, sino expresiones de arrepentimiento o agradecimiento. El santuario de Israel en el desierto y el Templo de Jerusalén no eran las viviendas de Dios, sino lugares a los que él descendía de forma especial para encontrarse con la humanidad. A diferencia de las deidades paganas, el Dios de Israel no necesita de los seres humanos para que le construyan una casa para no quedarse sin hogar. El templo es un lugar de oración y perdón.

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