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El espacio interior — 4a parte

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«Más se puede confiar en el amigo que hiere que en el enemigo que besa». Prov. 27:6

Cuando llegué, vi a Shannon al otro lado de la piscina conversando con sus amigos. Habían pasado dos años desde el incidente del río, pero ahora venía a visitarlo y le traía un regalo. No había pensado mucho en Shannon desde aquel paseo por el río. Yo estaba incursionado en la escritura creativa y había enviado una versión humorística de mi paseo en flotadores a la revista Guide y ellos la publicaron con el título: «Terror en el flotador». Quería regalarle un ejemplar a Shannon. Cuando me vio, dejó escapar una risita, e hizo un chiste absurdo sobre mi sexualidad para que sus amigos se rieran. Y se rieron, pero cuando le extendí la revista, desaparecieron.

-Oye-le dije entregándosela-, escribí esta historia sobre nuestra experiencia en el flotador. Cambié tu nombre y ciertos detalles, pero pensé que te gustaría tener un ejemplar.

-Interesante -respondió él. Pues gracias-hojeó la revista. -¿Cómo has estado?-le pregunté. -Bien. -Yo también. Nos vemos pronto. -Sí, nos vemos-respondió.

Bueno, no fue precisamente una conversación sacada de un artículo sobre «cómo hacer amigos, pero de alguna manera me sentí mejor. Dos años después, casualmente Shannon y yo nos mudamos a la misma ciudad, y siempre nos saludábamos cuando nos encontrábamos, aunque no era muy frecuente. Sin embargo, un día nos pusimos a hablar.

-Oye Tompaul, ¿tienes algún problema de salud? -me preguntó. Me encogí de hombros.

-Tenía asma cuando era niño, estuve varias veces en el hospital y aún hoy no puedo llenar un globo o correr mucho, pero fuera de eso, todo bien. Ni siquiera una fractura. ¿Por qué?

-Yo tengo algo -dijo, bajando la mirada y luego mirándome nuevamente-. Algo anda mal con mi aparato digestivo. Tengo que tomar píldoras desagradables todo el tiempo para que funcione correctamente.

-Lo lamento-le dije. -No, no te preocupes-dijo-. Estoy bien.

Hasta el día de hoy no sé nada de Shannon, pero espero que todo marche bien en su vida. Pero sí me pregunto: ¿Qué más pude haberle dicho? ¿Cómo pude haberlo ayudado mejor? ¿Dejé pasar una oportunidad para hablarle más claramente del Dios en el que creo y de los principios de salud que nos ha revelado? Me pregunto si tú te haces estas preguntas.

Este es el mes para renovar tus suscripciones de 2022 (ver p. 383).

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