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La foto que conmocionó a todos — 3a parte

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«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna». Juan 3:16, RV95

Cuando Kim llegó a la adolescencia, se sentía fuerte y ya no tenía tantos dolores. La cicatriz de su mejilla había desaparecido y, usando mangas largas, el cabello hasta los hombros y otros trucos, sus heridas pasaban prácticamente desapercibidas.

El día que cumplió dieciocho años, se consagró a caodaísmo. Se unió al coro del templo, con el que entonaba oraciones todos los días y, en ciertos sentidos, podría decirse que su vida era casi normal, hasta el día en que cuatro hombres la sacaron de su clase de matemáticas. «¿Eres la chica de la foto? -le preguntaron-. ¿La verdadera Kim Phuc? ¡Pero te ves tan normal!».

Kim se subió la manga y les mostró sus cicatrices. Al poco tiempo, estaba dando una entrevista tras otra para medios extranjeros. Ella misma censuraba sus respuestas para no hablar de los problemas que sufría bajo el nuevo gobierno; resulta que le impedían asistir a la universidad, pero, a modo de propaganda política, la hacían ver como estudiante de Medicina. Kim se cansó del engaño. La guerra destruyó mi vida, pensó, ¿Y ahora esto? Así que oró al dios del Cao Dai pidiendo felicidad, pero no podía dejar de sentirse abrumada.

En una ocasión, Kim entró a una biblioteca y comenzó a explorar una sección sobre religiones mundiales. Leyó libros sobre las principales religiones orientales y luego abrió un ejemplar del Nuevo Testamento. Quedó fascinada por las historias de Jesús, pero al mismo tiempo conmocionada por lo que la Biblia narraba de él. ¿Cómo podía su muerte pagar completamente por nuestros pecados y permitir así que pudiéramos ir al cielo? El caodaísmo no ofrecía esa garantía, sino que presentaba la salvación como una meta esquiva que cada persona debía alcanzar por sí misma.

Kim hizo amistad con un joven pastor llamado Anh. «Dios nos da la salvación como un regalo -le dijo—. No tenemos que portarnos bien para obtenerla. Hagamos lo que hagamos, no es posible ganarnos la salvación. Dios es quien nos salva por su gracia».

Kim no podía creerlo. Anh la invitó a escuchar las predicaciones de otro pastor, pero ella le dijo: «Si traiciono a mi religión, mi alma vagará sin un lugar de descanso. En el cielo no hay lugar para los que traicionan al Cao Dai».

Continuará...

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