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Balaam

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«Pero el asna le dijo: "Yo soy el asna que tú has montado toda tu vida, y bien sabes que nunca me he portado así contigo"». Núm. 22:30

En 1967, arqueólogos descubrieron en Jordania algo completamente inesperado: una profecía perdida durante siglos, relacionada con un personaje que golpeó (y respondió) a un asna que hablaba: Balaam, hijo de Beor. El texto antiguo comienza diciendo: «Advertencias del Libro de Balaam, hijo de Beor. Él era un vidente de los dioses». La inscripción, tallada en yeso en un edificio destruido por un terremoto, data de los siglos VIII o IX a. C. El «Libro de Balaam» al que se refiere coincide con la época y la vida del profeta bíblico.

Aunque no era israelita, Balaam fue un gran profeta de su tiempo, que tenía la particularidad de servir al Dios verdadero, por lo que sus servicios eran muy solicitados. El único problema era que, por supuesto, Jehová no estaba a la venta. Como Dios, Jehová no era fácil de definir: no hay imágenes que nos digan cómo es, ni hay forma de meterlo en una caja para convencerlo de que nos bendiga. Él hace lo que quiere y, si estamos decididos a decir lo que él quiere que digamos, probablemente no vamos a terminar siendo tan populares ni tan prósperos. Pero Balaam trató de ser ambas cosas.

Cuando Balac, rey de Moab, le ofreció una gran cantidad de dinero para que maldijera a Israel, Balaam se negó una y otra vez, pero Dios le dijo que fuera, pero que dijera lo que el Señor le indicara. En el camino, su propia asna se resistió a avanzar. Después de haber recibido un merecido castigo por parte de su bestia de carga, Balaam de repente ve lo que el burro había visto: al ángel del Señor con la espada desenvainada, bloqueando su camino. El mensaje era claro: haz lo que quieras, Balaam, pero no puedes ir en contra de la voluntad de Dios para su pueblo.

Balaam se instaló entonces en una montaña con vista al campamento israelita, pero las maldiciones jamás llegaron. Cuando Balac se quejó de que sus oráculos lo que hacían era alabar a Israel, Balaam le recordó que él le había dicho que eso podría suceder. Balac finalmente tiró la toalla cuando, contrario a lo que dice el refrán, a la tercera no fue la vencida. Antes de despedirse, Balaam vio un cetro y una estrella «que salía de Jacob» y que aplastaría a todos los enemigos de Israel. Sin embargo, no sería pronto, dijo Balaam. Balac le dijo lo mismo sobre su pago.

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