Regresar

Diecisiete maneras de besar — 1a parte

Play/Pause Stop
«¡Vean qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!». Sal. 133:1

Mi hermana y yo no nos parecemos. Yo era enclenque al nacer y lloraba mucho; ella tenía mejillas rosaditas y se la pasaba sonriendo. En unaocasión, le salvé la vida cuando apenas tenía edad para subirse a un taburete y caer de bruces en una bañera llena de agua. Ya se estaba poniendo azul cuando tiré de la falda de mi madre para avisarle que mi hermana se estaba ahogando.

En mi primer día de primaria, ella dijo que también quería ir, pero le informé que los niños grandes de primer grado no podían andar por ahí con niños pequeños. Semanas después se quedó conmigo todo el día. Le enseñé cómo comerse correctamente un sándwich, pero cuando caminamos hacia la puerta para irnos a casa, dejó caer sus crayones. Me tocó esperar que los recogiera cuidadosamente, metiéndolos uno por uno en la pequeña cartuchera.

Yo pasé a segundo grado y ella a primero. Mi hermana aprendió a mantener el control de sus crayones, pero ahora yo pasaba otras vergüenzas. Era más inteligente que yo. Estudiábamos en aulas multigrado y teníamos que anunciar nuestras calificaciones en voz alta; la mayoría de las veces la suya era más alta. Esto afectaba a mi orgullo, pero nunca me importó lo suficiente como para estudiar más y cambiar la situación. Además, como descubrí más tarde, yo aprendía a través de historias, mientras que su mente lógica estaba adaptada a la manera en que enseñaban los maestros.

A los dieciséis me fui al internado. Pasé el verano esperando el gran día, planificando los detalles de lo que sería mi vida con mi compañera de cuarto. Esta vez no tenía que hacer viajes especiales a la tienda para comprarle algo a mi hermana... Sin embargo, dos semanas después, Judye llegó. Se sentía tan desdichada, tan sola, que la tuvieron que traer a mi lado. Bueno, no necesariamente a mi lado, sino a disfrutar de la relativa libertad y diversión de la vida en la academia.

Allí ella tuvo sus amigas y yo las mías. Sus amigas eran alegres y juveniles, descerebradas. ¡Y ni hablar de los chicos con los que salía! Ella decía que mis amigos eran anticuados. Y los chicos con los que yo salía... bueno, yo no salía con ninguno.

Continuará...

Matutina para Android