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Entre donas y disciplina

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«Nosotros, teniendo a nuestro alrededor tantas personas que han demostrado su fe, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante». Heb. 12:1

Nunca he sido una persona deportista. Mientras que mis amigas de primaria contaban las horas que faltaban para la clase de gimnasia, yo pensaba cómo evitarla. La mayoría de mis amigos tenían fútbol después de la escuela, pero yo me iba a la biblioteca. Luego recibí clases en mi casa, lo que hizo posible que evitara la educación física durante un tiempo. Después, comencé la secundaria.

Mi escuela de secundaria tenía equipo de baloncesto de chicas, así como equipo de golf, fútbol y atletismo, por lo que requería cuatro años de educación física. A duras penas pasé por el equipo de voleibol, cometía faltas en baloncesto y no di la talla en golf. Hasta que llegó la carrera de una milla. El profesor de educación física confiaba en que practicaríamos la carrera de una milla durante dos de las tres clases semanales. Para pasar la materia, teníamos que correr una milla en menos de siete minutos.

Mi amiga Katya y yo caminábamos, que es como una forma de correr, hasta la tienda de donas después de la escuela o a la estación de servicio para tomar refrescos al menos una vez a la semana. ¿Una milla en menos de siete minutos?, pensamos. Éramos jóvenes y saludables. Eso no era nada para nosotras.

Entonces llegó el gran día. Llegué puntual, lista para el reto. Me estiré, me puse en posición y arranqué. Esto es pan comido, pensé durante los primeros dos minutos. Tuve un calambre después de las primeras cuatro cuadras, comencé a respirar con dificultad y los músculos de la pantorrilla comenzaron a quejarse. Las donas y los refrescos comenzaron a reírse en mi estómago con cada una de mis zancadas. Dios mío, por favor no dejes que me desmaye...

Al acercarme a las últimas cuatro cuadras me di cuenta de que no me iba a desmayar, pero no tenía ni idea de cómo iba con el tiempo. Dios mío, ayúdame a llegar a tiempo a la meta... ¡Qué tortura! Alguien grito mi tiempo: «Seis minutos, 59 segundos». Tosí e intenté no vomitar en la acera.

¡Por un segundo! Una corta milla que no hubiera sido una hazaña tan complicada si no hubiera preferido refrescos y donas sobre dedicación y disciplina.

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