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Jaime White

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«Dios mío, tú me has enseñado desde mi juventud, y aún sigo anunciando tus grandes obras». Sal. 71:17

Jaime White tenía nueve hermanos y era un niño enfermizo. Cuando tenía alrededor de dos o tres años, contrajo lo que alguien en ese momento diagnosticó como «fiebre del gusano». Aunque no se sabe bien qué clase de padecimiento era, Jaime experimentó convulsiones y estuvo enfermo durante semanas. Se recuperó, pero quedó con estrabismo. Los miembros de la familia lo describían como un niño débil, nervioso y parcialmente ciego.

Cuando Jaime tenía siete años, acompañó a sus hermanos a la rústica escuela local; pero ya fuera por sus dificultades de visión, por la dislexia que padecía o por algún otro problema, Jaime no lograba aprender a leer. Las letras parecían desdibujarse delante de sus ojos. Frustrado y convencido de que sería analfabeto para siempre, dejó la escuela para dedicarse a trabajar en la granja de su familia.

Pero con el paso de los años, su visión mejoró y, aunque no estaba estudiando, no perdió el deseo de aprender. Finalmente, a los diecinueve años, Jaime medía 1.83 y se matriculó como estudiante principiante en un internado en San Albano, Maine. Aunque era mucho más alto que sus compañeros de clase, estaba decidido a aprender. Aunque algunos le aconsejaban que siguiera con la agricultura, Jaime dedicaba hasta dieciocho horas diarias a sus estudios. Doce semanas después, recibió un certificado que le permitía enseñar materias de primaria.

Deseando aprender más, al año siguiente Jaime se matriculó por un período de tres meses en una escuela metodista episcopal en Reedfield, Maine, donde estudió durante cuarenta y una semanas. Entonces, Jaime White empezó a anhelar comenzar estudios universitarios el siguiente año; pero a regañadientes renunció a su sueño, para convertirse en un predicador millerita. Nunca tuvo la oportunidad de asistir a la universidad. ¿Qué podría lograr con una educación tan limitada? Yo respondo esa pregunta: Dios puede obrar maravillas en toda vida dedicada a él.

Jaime continuó estudiando por su cuenta y Dios lo uso para fundar cuatro revistas, dos editoriales y una universidad que, con el tiempo, se convirtió en la Universidad Andrews. Organizó y presidió la Iglesia Adventista del Séptimo Día, escribió innumerables artículos para periódicos y varios libros.

La Iglesia Adventista es lo que es hoy debido, en una gran parte, al intelecto y al impulso de ese hombre de Dios que se llamó Jaime White.

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