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El círculo del error

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«El ángel del Señor fue de Guilgal a Boquim, y les dijo a los israelitas: "Yo los saqué a ustedes de Egipto, y los he traído a esta tierra que les prometí a sus antepasados cuando les dije: 'Nunca romperé mi alianza con ustedes, con tal de que ustedes no hagan ningún pacto con los habitantes de esa tierra, sino que destruyan sus altares'. Pero ustedes no me obedecieron, ¡y miren lo que han hecho!"». Juec. 2:1-2

Sería lógico pensar que un pueblo que fue rescatado de la esclavitud, protegido a través de un largo viaje por el desierto y que asumió el poder en una tierra que nunca había visitado, se mantendría fiel a esa fórmula para el éxito. Sería también lógico pensar que ese pueblo estaría agradecido a Dios por las maravillas que hizo por ellos y lo demostrarían trabajando cada día, o al menos lo máximo posible, para asegurarse de agradar a Dios.

Pero no fue así.

Una vez que los israelitas conquistaron la tierra de Canaán, comenzaron a confiar en sí mismos. Parecía más fácil y mucho más rentable cobrarles impuestos a sus nuevos vecinos en vez de expulsarlos, como Dios había mandado. Pero eso no tenía nada que ver con el plan de Dios. Dios les había prometido todo el planeta si simplemente se mantenían fieles. Canaán habría sido solo el comienzo:

«El Señor arrojará de la presencia de ustedes a todas esas naciones, y ustedes conquistarán a pueblos más numerosos y fuertes. Donde ustedes planten el pie, allí se quedarán. Sus fronteras se extenderán desde el desierto hasta el Líbano, y desde el río Éufrates hasta el mar Mediterráneo. Nadie podrá hacerles frente. El Señor su Dios hará cundir el pánico y el terror por dondequiera que ustedes pasen, tal como se lo ha prometido» (Deut. 11:23-25).

Pero en lugar de confiar en el Dios que ya los había librado, los israelitas confiaron en sus propios planes para hacerse ricos rápidamente. Desde la adoración de ídolos hasta pactar con los cananeos, se olvidaron de Dios, al punto de que gradualmente les retiró su bendición y su protección. Finalmente, los pueblos que ellos debían haber conquistado, los derrotaron.

Estas derrotas los hicieron reflexionar. Recordaron a su antiguo Dios y rogaron pidiendo ayuda. Dios levantó entonces a valientes como Débora, Barak, Gedeón y Sansón para que salieran al rescate, hasta que el pueblo nuevamente volvió a alejarse de él.

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