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La importancia de los nombres

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«Las naciones verán tu salvación, todos los reyes verán tu gloria. Entonces tendrás un nombre nuevo que el Señor mismo te dará». Isa. 62:2

Cuando tenía cuatro años, mi hermana de once años tenía un gato al que llamó Princesa. Eso no tenía sentido, ya que, tal y como le dije amablemente: «¡Era macho!». Así que le sugerí otro nombre mucho más apropiado. Un año después, mi familia se mudó y pasamos de vivir entre cuatro hectáreas de espeso bosque (donde papá nos construyó una casa en un árbol con forma de granero, que incluso tenía electricidad) a vivir en un suburbio. Detestaba aquel cambio más que el invierno, el cual solía enviarme al hospital debido al asma. Cuando papá me presentaba a sus compañeros de trabajo, me decía: «Diles tu nombre». Yo sacudía la cabeza y respondía: «No tengo nombre». Y como él insistía, entonces decía con mayor énfasis: «¡No tengo nombre!».

Unos meses después, luego de rechazar (gracias a la mudanza) el apodo que mis padres me habían impuesto en base a mi primer nombre, decidí que la gente comenzara a llamarme por mi segundo nombre: Tompaul. Y funcionó muy bien.

Los nombres de los bebés se popularizan por temporadas. Históricamente, los padres han tomado nombres para sus hijos de personajes de literatura, de telenovelas o de gente famosa. Es en parte una moda pasajera y en parte una competencia, ya que procuran conseguir nombres originales antes que sus amigos y familiares se los pongan a sus propios hijos. Cuando estaba en primaria, a excepción de mi amigo Mateo, casi ninguno de mis compañeros de clase tenía nombres bíblicos. Nunca jugué al béisbol con un Judá, Noé o Nabucodonosor. Hoy en día, sin embargo, los nombres bíblicos están nuevamente de moda. ¿Por qué? No tengo ni idea. Tal vez la gente quiere que sus hijos, en esta era de Internet y teléfonos inteligentes, tengan algo clásico y atemporal.

Cuando leemos la Biblia, notamos que a Dios le gustaba dar a las personas nuevos nombres, que indicaban cuánto los valoraba y cuánto potencial veía en ellos. Por tal motivo, Abram se convirtió en Abraham, que significa «padre de naciones»; Saraí se convirtió en Sara, que significa «madre de multitudes»; Jacob se convirtió en Israel, que significa «luchador»; Simón se convirtió en Pedro, que significa «roca»,

¿Qué importancia tienen los nombres? La Biblia sugiere que, en el mundo venidero, Dios nos dará un nombre nuevo, sin mancha, que es tanto clásico como eterno, que proclama que la relación con Dios que se había roto, fue restaurada.

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