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Samuel y Saúl

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«Pero ahora, tu reinado no permanecerá. El Señor buscará un hombre de su agrado y lo nombrará jefe de su pueblo, porque tú has desobedecido la orden que él te dio». 1 Sam. 13:14

Saúl pudo haber tenido un largo y fructífero reinado si no hubiera sido tan egocéntrico. Todo comenzó tan bien: apenas podía creer que fuera digno de tal honor y luego profetizó junto con los demás profetas, haciendo que sus viejos amigos se preguntaran que estaba pasando. Pero Saúl tímidamente se fue rezagando y el profeta Samuel tuvo que llamarle la atención.

A lo mejor Jonatán, el valiente hijo de Saúl, habría sido un rey tan bueno como cualquier otro. Tal vez el reino no se habría dividido sino hasta muchos años después. Nunca lo sabremos con certeza, pero sí sabemos que el destino de las naciones está en cada una de las decisiones que tomamos.

Pasaron los años y la timidez de Saúl se convirtió en imprudencia. En una ocasión en que insistió en hacer holocausto a Dios sin la bendición de Samuel, este le dijo que Dios ya estaba en búsqueda de otro rey que, a pesar de ser falible como él, reconociera sus pecados y amara a Dios por completo.

En otro momento en que Saúl exigió que nadie de su ejército comiera, bajo pena de muerte, hasta que derrotaran a los filisteos, sin quererlo condenó a su propio hijo Jonatán, que disfrutó de un poco de miel mientras derribaba a algunos enemigos. Cuando Saúl se enteró de lo que había hecho su hijo, prometió cumplir con su imprudente decreto, preocupándose más por su reputación que por su hijo. Solo la indignada insistencia del pueblo impidió que Saúl ejecutara tal acción (ver 1 Sam. 14).

Luego, cuando afirmó que su fracaso en erradicar a los amalecitas y sus bienes había sido en realidad un malentendido (y es que él lo que quería era ahorrarse unos buenos sacrificios para Dios, y además todo era culpa del pueblo) Samuel le dijo que su destino estaba sellado: «La rebeldía es tan grave como la adivinación, y la arrogancia, como el pecado de la idolatría» (1 Sam. 15:23, NVI).

El rey, desesperado, haló el manto de Samuel cuando este le dio la espalda, pero Samuel, que siempre tenía la palabra adecuada, le recalcó que el reino le había sido arrancado para siempre. Y es que, cuando de seguir a Dios se trata, la arrogancia es el único pecado que siempre es mortal.

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