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Sobre la intimidad — 1a parte

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«Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos». Juan 13:34-35

Cuando mis amigos y yo describimos lo que nos gusta de la iglesia a la que asistimos, siempre surge la palabra intimidad. Siguiéndole los talones está la palabra familia. ¿Qué palabras nunca se usan para describir nuestra iglesia? Aburrida, repetitiva, rígida, monótona. Claro, tenemos un excelente pastor, buena música y los mejores sermones que he escuchado, pero la mejor parte es que todos nos sentimos cómodos para ser nosotros mismos. Cero poses, cero falsas pretensiones. Mi clase de Escuela Sabática está compuesta por un grupo variopinto de personas que se aceptan mutuamente. A veces abrimos los ojotes ante las opiniones y puntos de vista de algunos de nuestros amigos, pero nos encanta la diversidad. Bromeamos y nos reímos juntos, pero nos aceptamos como somos. Y siempre estamos ansiosos por invitar a nuevas personas.

Nos gusta salir juntos después de la iglesia e ir a las casas de los demás. Ahora mismo estamos planeando ir durante una semana a Jamaica (donde crecieron dos de los integrantes de nuestro grupo) a hacer trabajo misionero (obviamente, también iremos a la playa, pero estaremos en Jamaica, el país donde nunca se está lejos de la playa).

Esa conexión nos impulsa a regresar cada semana a la iglesia. Aunque no nos vemos todos los días, sabemos que podemos contar los unos con los otros.

El sentido de intimidad que disfrutamos en la iglesia es el cumplimiento de la promesa de Jesús de que enviaría al Espíritu Santo para guiarnos y unirnos. Curiosamente, eso es lo mismo que el mundo nos promete con el sexo, pero que nunca cumple. Rob Bell afirma en Sexo Dios: explorando las interminables conexiones entre la sexualidad y la espiritualidad: «Nuestra sexualidad se relaciona con todas las formas en que procuramos reconectarnos con nuestro mundo, con los demás y con Dios» (cap. 2, 37).

La mayoría de las veces, el mundo parece un lugar hipercargado sexualmente, mientras que la iglesia parece un ambiente austero y estéril. Pero si bien la iglesia en muchas ocasiones se ha merecido su reputación de fría e implacable; la sexualidad tal como el mundo la presenta es igualmente una ilusión, un camino que no lleva a ninguna parte.

Continuará...

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