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Sobre la intimidad — 2a parte

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«Este es el mensaje que han oído ustedes desde el principio: que nos amemos unos a otros». 1 Juan 3:11

EI mundo es bueno creando fetiches, objetos que nos recuerdan la intimidad, y presentándolos ante nuestros ojos constantemente. Pero nunca cumple. Es como sentarse a mirar un video y descubrir que por mucho que lo adelantemos, solo veremos una secuencia interminable de tráileres antes de que comience la película. Una fijación puede ser emocionante, pero jamás será satisfactoria.

La palabra «fetiche» tiene un significado original antropológico: era un objeto que se creía que tenía un poder sobrenatural. Era un acceso directo a la conexión que al final no conectaba nada. Al describir el infame distrito rojo de Ámsterdam, donde la prostitución se anuncia de manera abierta y legal, Rob Bell escribió: «Lo que más impresiona es lo poco sexual que resulta todo ese sector de la ciudad. Hay cantidad de gente que mantiene "relaciones sexuales" día y noche, pero no existe conexión alguna [...]. Encontramos muchas personas que participan físicamente de una cantidad de relaciones sexuales (para algunos es su trabajo) y, sin embargo, ese no es un lugar verdaderamente sexual, porque no hay conexión» (Sexo Dios, cap. 2).

Las películas exitosas por lo general siguen una fórmula simple en la que dos personas pasan de tener un nivel de conexión a otro mayor. Las novelas románticas celebran la conexión de dos personas solitarias. En el clásico Cuento de Navidad, el protagonista pasa de ser un egoísta, a ser un hombre abnegado que se preocupa por la humanidad. La razón por la que siguen saliendo nuevas versiones de Cuento de Navidad y de ¡Qué bello es vivir! es porque presentan nuestro íntimo deseo de conexión. Eso es intimidad.

Hablando del poder emocional de asistir a un concierto con cientos de desconocidos, Bell escribió: «Esta experiencia tiene en sí misma una significativa dimensión sexual, de intimidad. No nos conocemos [...], estamos en desacuerdo en cientos de cuestiones, pero durante esa noche nos reunimos en torno a un artista y a sus canciones y conectamos. La experiencia nos toca muy profundamente porque establece una conexión, y son escasos los lugares en los que podemos experimentar a gran escala esa necesidad de conexión que Dios puso en el ser humano. [...]

»Lo que experimentamos en esos momentos de conexión es algo para lo cual Dios nos ha creado y lleva la intención de que lo vivamos siempre. Ese es nuestro estado natural. Así debieran ser las cosas» (ibíd.).

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