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David

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«El Señor ha buscado a un hombre conforme a su propio corazón». 1 Sam. 13:14, NTV

Poeta, cortesano, pastor de ovejas, rey, asesino, comandante. Un hombre conforme al corazón de Dios.

El rey David es una maravilla y un enigma. Él amaba a Dios inmensamente, pero pecaba trágicamente. Amaba a sus hijos, aunque no siempre lo suficiente como para disciplinarlos. Su vida aún hoy nos atrapa y nos sorprende, porque a pesar de sus tremendas imperfecciones, su pasión por la vida y por Dios no tienen parangón.

La primera vez que encontramos a David lo vemos como el más joven de los ocho hijos de Isaí en Belén. Luego de llorar amargamente por el rebelde rey Saúl, Samuel estaba reacio a ungir a un nuevo rey sobre Israel, pero Dios le dijo que debía hacerlo. Los habitantes de Belén se pusieron un poco nerviosos al ver al profeta de Dios en medio de ellos, pero este les aseguró que su visita era pacífica. Y como su misión era secreta, evitó decir «llévenme con su líder», pero les aseguró que acababa de hacer sacrificio a Dios.

Cuando Samuel ve a Eliab, el hijo mayor de Isaí, su estatura y sus rasgos le recuerdan al imponente Saúl, y piensa: «Con toda seguridad este es el hombre que el Señor ha escogido como rey» (1 Sam. 16: 6). Pero Dios lo detiene y le dice: «No te fijes en su apariencia ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado. No se trata de lo que el hombre ve; pues el hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón» (vers. 7).

Seis hijos más pasan ante el profeta, pero Dios sigue diciéndole que no se desboque. Finalmente, perplejo ante los misteriosos caminos de Dios, Samuel le pregunta a Isaí: «¿No tienes más hijos?».

«Falta el más pequeño, que es el que cuida el rebaño», contesta Isaí a manera de disculpa (ver vers. 11).

Unos minutos más tarde, David entra en escena y es una de las pocas personas a las que la Biblia señala específicamente como guapo. Dios dice: «Este es. Así que levántate y conságralo como rey» (vers. 12).

La Biblia nos dice que a partir de entonces «el Espíritu del Señor se apoderó de él» (vers. 13). A veces ese Espíritu le daba valentía, a veces fuerza y a veces simplemente le recordaba que no debía tomar las cosas tan en serio.

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