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La gallina voladora — 1ª parte

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«En aquel tiempo no volverá a decirse: "Los padres comen uvas agrias y a los hijos se les destemplan los dientes"». Jer. 31:29

Mi padre solía conducir una camioneta tipo van marca Ford, como la que generalmente usan los plomeros y los electricistas. La van nunca estaba limpia y no sabemos de dónde salió; simplemente, un día papá llegó con ella a la casa. Diez años después, se veía más de un color gris deslucido que blanca, pero tenía cuatro neumáticos y un volante, así que cumplía «los criterios básicos necesarios», según mi padre.

Como la camioneta no tenía asientos en la parte trasera, mi papá tomó un banco de un viejo autobús escolar y lo soldó detrás del asiento del conductor. ¡Listo! ¡Ahora teníamos una camioneta de cuatro asientos! Cualquiera que fuera lo suficientemente valiente como para abrir las puertas de atrás, encontraría piezas de motor, componentes electrónicos y herramientas por todos lados. Y eso sin mencionar el fuerte olor a motor, a solventes y a gasolina. De todos los automóviles que mi padre tuvo, este era el que nos causaba la mayor vergüenza posible cuando nos llevaba a la escuela.

Hasta que ocurrió lo de la gallina.

Fue cierto día, después de que papá nos recogiera a mi hermana y a mí de la escuela. Jessica y yo nos metimos en las entrañas del automóvil fantasma de papá e íbamos de camino a casa. Mi madre iba en el asiento delantero mientras nosotras nos acurrucábamos en el asiento de vinilo rojo que había pertenecido a un autobús. Recuerdo cuánto aborrecía su olor, que aquel día estaba peor debido al calor; y cómo la camioneta sobresalía entre los demás automóviles normales que recogían a los otros niños. No contentos con el bochorno de la camioneta, entonces ocurre lo de la gallina.

Cuando doblamos la esquina y pasamos junto a unas tierras de cultivo, una enorme gallina blanca salió directamente hacia nosotros, ¡¡¡volando!!! Nadie le había dicho a la gallina que volar no estaba entre sus funciones. Papá dio un volantazo, pero era demasiado tarde. El ave se estrelló contra el vidrio. El cristal delantero se rompió y volaron fragmentos de vidrio por toda la cabina. La cola del ave arrastro restos de vidrios hacia el interior de la camioneta junto con la gallina misma. El automóvil se balanceaba de un lado a otro mientras papá luchaba por mantener el control. Los cristales rotos caían sobre su pecho y la gallina frenética se agitaba locamente justo en su rostro.

Continuará...

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