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La gallina voladora — 2a parte

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«Él hará que los padres se reconcilien con sus hijos y los hijos con sus padres». Mal. 4:6, NVI

Los neumáticos chirriaban mientras papá recuperaba el control de la camioneta; hasta que finalmente pudo conducir con una mano, mientras con la otra intentaba controlar a la gallina que agitaba frenéticamente sus alas, Todavía muy viva, la gallina no paraba de chillar, de manera muy distinta al cacareo al que uno está acostumbrado. Más bien, era como un lamento sordo que llenaba la van. Con la mano izquierda, papá golpeó a la gallina en la cabeza y la metió entre el conductor y la puerta. Con su rodilla izquierda, sujetó a la gallina mientras estacionaba la camioneta en el arcén de la carretera.

Finalmente, la camioneta se detuvo y la gallina dejó de hacer ruido. Nadie dijo una sola palabra hasta que el motor se apagó y la gallina emitió un último cacareo. En medio del silencio, innumerables plumas blancas flotaban por todas partes. Mi madre miraba anonadada a su esposo, que estaba cubierto de plumas y de trozos de cristal ensangrentados en su regazo. Las gafas de sol negras le daban el toque final: estaban torcidas de tal manera que la mitad descansaban sobre su cuero cabelludo.

-¿Están todos bien?—preguntó papá en voz baja. -Estamos bien-respondimos.

Con sus pálidos nudillos apoyados en el volante, papá miró a la gallina y luego comenzó a revisar que no nos hubiésemos hecho daño. Entre las víctimas del asalto, la gallina había sufrido la peor parte. Yo tenía unos pocos rasguños y plumas en el cabello, pero la escena en general podría describirse como tragicómica.

Romanos 5:3-4 podría explicarla mejor: «Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza» (NVI).

Yo creía que estaba «sufriendo» por viajar en aquella camioneta, hasta que lo entendí. Y en medio de todo-la desagradable camioneta y la gallina que se estrelló contra ella—, salimos ilesos. Todos estábamos a salvo y eso era lo importante. La apariencia del vehículo que nos llevaba a la escuela no importaba lo más mínimo.

Dios prueba nuestro corazón con cada situación que enfrentamos. Y créeme, si chocar de frente contra una gallina voladora no te da entereza de carácter, difícilmente lo hará ninguna otra cosa.

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