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Cómo Jesús lo cambió todo

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«Para eso tenía que hacerse igual en todo a sus hermanos, para llegar a ser Sumo sacerdote, fiel y compasivo en su servicio a Dios». Heb. 2:17

Durante miles de años, innumerables corderos, toros, cabras y palomas perdieron la vida en sacrificios a Dios. Cada uno era un recordatorio sangriento de que el pecado es un asunto grave, pero una expiación está disponible. La sangre de animales no tenía valor para salvar en sí misma y, aun así, el horrible ritual debía repetirse y el sumo sacerdote también debía hacer un sacrificio anual. Pero cuando Jesús murió como sacrificio perfecto, ya no había necesidad de sacrificios temporales. La muerte de Jesús lo logró todo. Su sacrificio tenía poder permanente.

¿Y ahora qué? Ahora, Jesús mismo intercede por nosotros en el cielo. La Epístola a los Hebreos presenta a Jesús como la respuesta a todo en nuestra vida. Lo que los profetas insinuaban, Jesús lo reveló. Lo que señalaban los sacrificios, Jesús lo cumplió.

Leer la Epístola a los Hebreos es una experiencia deslumbrante. En 13 capítulos cortos, esta Carta es una exploración completa de la diferencia que Jesús puede marcar en la vida. Gracias a su experiencia como ser humano, él sabe exactamente lo que estamos pasando. Su experiencia lo cualifica para servir como nuestro Sacerdote en el cielo y para ayudarnos con todas nuestras necesidades. Cuando le hablamos en oración de nuestras luchas, él nos entiende y sabe cómo ayudarnos. Cuando le pedimos perdón por los pecados, él sale presto a perdonarnos.

Hebreos enfatiza que Jesús hizo que todo fuera mejor: es una mejor revelación, un mejor Sacerdote con un mejor nombre. Él es un mejor líder, trae un mejor pacto, ofrece mejor sangre y nos señala a un mejor país y una mejor ciudad, una mejor resurrección y una mejor forma de ver la vida. Él ministra en un santuario construido por Dios mismo.

El trabajo realizado en el santuario terrenal ilustraba al pueblo sobre la obra de Jesús, pero no era suficiente. Solo el ministerio de Jesús podría lograr el mejor pacto, en el cual poder descansar en su victoria en vez de la nuestra. Solo la ofrenda de Jesús «hizo perfectos para siempre a los que han sido consagrados a Dios» (Heb. 10:14). Nada de lo que podamos hacer puede hacernos justos delante de Dios, pero el sacrificio de Jesús lo hace posible.

Aunque no somos perfectos y aún nos sentimos atraídos hacia el pecado, por los méritos de la sangre de Jesús ya somos contados perfectos a la vista de Dios.

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