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Absalón — 7a parte

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«Cristo nos rescató de la maldición de la ley haciéndose maldición por causa nuestra, porque la Escritura dice: "Maldito todo el que muere colgado de un madero"». Gál. 3:13

Los hombres de Absalón golpearon la puerta, gritando: «¿Dónde están Ahimaas y Jonatán?». La mujer de la casa los atendió. Ella había cubierto con una manta y granos triturados la entrada del pozo en que los hijos de los sacerdotes se habían escondido, para que no se notara nada extraño. «Partieron cruzando el arroyo», les dijo. Los buscaron y, como no los hallaron, volvieron a Jerusalén. Una vez que lo consideraron seguro, Ahimaas y Jonatán salieron del escondite y partieron al encuentro de David para informarle de los planes de Absalón. Por otra parte, cuando Ahitofel supo que su consejo de atacar al rey mientras estuviera solo no había sido seguido, se ahorcó.

Los ejércitos se reunieron y, cuando el afligido padre vio a sus tropas listas para partir, dio una orden más: «Sean benignos con el joven Absalón por amor a mí».

La batalla se libró en un bosque. Los hombres de David obtuvieron la victoria. Luego, mientras Absalón huía montado en una mula, al pasar debajo de una encina su cabellera se enredó en las ramas, y quedó colgado del cabello. Un joven vio al príncipe colgado e informó a Joab. «¿Qué? -dijo Joab, molesto- ¿Por qué no lo derribaste? Te habría recompensado con diez siclos de plata y un cinturón de guerrero».

Pero el soldado era fiel a sus principios y al rey. Había escuchado claramente la orden de preservar la vida del príncipe. Joab, que no tenía paciencia para lidiar con la locura melancólica del rey, «tomando tres dardos, los clavó en el corazón de Absalón» (2 Sam. 18:14).

Cuando David se enteró de la muerte de su hijo, murieron también sus esperanzas. «¡Oh, mi hijo Absalón! -lloró amargamente, ¡Mi hijo Absalón! Si hubiera muerto yo en lugar de ti». El rey estaba inconsolable. Mejor hubiera sido que Joab no hubiera estado de humor para intentar hacerlo entrar en razón. Al acercarse al rey, le recrimino: «¡Has insultado a tus hombres! Amas a los que te odian y odias a los que te aman. [...] Ahora sal y anima a tus hombres». Y así hizo el rey, pero su mente estaba lejos de querer celebrar.

Unos mil años después, otro Hijo de David colgaba del madero de un árbol, deseando saber dónde estaba su padre, que parecía haberlo abandonado. Y finalmente, un Rey murió en lugar de sus hijos.

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