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Vino nuevo, masa de galletas vieja — 1a parte

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«Levi hizo en su casa una gran fiesta en honor de Jesús; y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, junto con otras personas, estaban sentados con ellos a la mesa». Luc. 5:29

Hicimos planes de enviar galletas en paquetes de regalo, pero nos vimos tan ocupados esos días, que un montón de masa para galletas sobran te permaneció en un recipiente de plástico en la nevera durante dos semanas.

Hace aproximadamente una hora me dije: deberías hornear unas galletas. No hay nada como el delicioso aroma de unas galletas de chocolate recién horneadas al finalizar la tarde, haya sol o lluvia. Si las acompañas con un vaso de leche, lo que se obtiene es, definitivamente, un momento inolvidable.

Como ya tenía masa preparada desde hacía dos semanas decidí hacer galletas. La primera tanda salió quemada después de ocho minutos. Intenté con el siguiente lote durante siete minutos y quedaron crudas, así que las llevé de nuevo al horno durante un poco más de tiempo. Lo que salió del horno parecían galletas. Se sentían como galletas. Incluso olían a galletas. Pero cuando di el primer mordisco, me di cuenta de que algo no estaba bien. El sabor no era el apropiado. No sabría cómo definirlo, pero lo que debía ser dulce y achocolatado sabía gomoso y agrio. Después de tragar el primer bocado, sentí que mi estómago se revolvía. La masa no se había horneado bien, no sabía bien, y a los pocos minutos comencé a sentirme mal.

Mientras Jesús se deleitaba comiendo con un grupo de recaudadores de impuestos y otras personas de mala reputación invitadas por Leví Mateo, un recaudador de impuestos convertido en discípulo, los fariseos y otros dirigentes religiosos comenzaron a molestarlos. ¿Acaso no sabía Jesús qué clase de compañía era aquella? Incluso lo cuestionaron directamente y también a sus discípulos: «"¿Por qué comen y beben ustedes con cobradores de impuestos y pecadores?". Jesús les contestó: "Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se vuelvan a Dios"» (Luc. 5: 30-32).

¡Qué ironía! Aquellos a quienes los fariseos llamaron pecadores fueron considerados justos desde el momento en que reconocieron su necesidad de Jesús; mientras que ellos, que se veían a sí mismos tan justos, tan espiritualmente saludables, en su interior estaban podridos. Como mis galletas. Aunque parecían buenas, estaban malas.

Continuará...

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