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El mayor de los milagros — 2a parte

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«[Dios] puede hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos. Efe. 3:20

Como prisionero de guerra en Alemania, James Harris fue llevado con su compañero a una celda sin ventanas, ventilación, ni baño, de cuyo techo colgaba un bombillo que estaba encendido continuamente. La escasa comida no daba ni para mantener vivo a un niño. Los despertaban a las cuatro de la madrugada y los trasladaban a pie hasta un cementerio para ser interrogados. En cierta ocasión, les entregaron palas y les hicieron cavar una fosa. Cavaron tan lentamente como se atrevieron, pero al anochecer, la fosa tenía casi dos metros de profundidad. Se les ordenó permanecer de pie junto a la fosa, frente a un pelotón de fusilamiento. ¡Tremenda guerra psicológica! Después de varias amenazas, fueron llevados de regreso al campamento. Sin embargo, durante esas horas terribles, James sentía paz.

Pasaron los meses. El ejército ruso logró posicionarse cerca del campo de concentración, y diez mil prisioneros fueron evacuados, caminando en filas de 1,800 hombres. Caminar era extremadamente difícil para James, ya que sus heridas no habían sanado y tenía hambre. Durante noventa y un días recorrieron más de 800 kilómetros, con nieve, hielo y aguanieve.

Un día, mientras James avanzaba arrastrando dolorosamente un pie delante del otro, le suplicó a Dios: «Si en verdad existes y me salvas, te buscaré y te serviré». De los 1,850 hombres que formaban su grupo, solo 250 sobrevivieron y fueron liberados.

De regreso en los Estados Unidos, James comenzó a visitar iglesias, pero eso lo llevó a pensar que Dios era un mito. Hasta que un día, el hombre con el que trabajaba le gritó a un hombre alto que caminaba hacia ellos, en tono de burla:

-Prepárense para encontrarse con su Señor.

-¡Yo estoy listo! —respondió el hombre-. El que tiene que prepararse eres tú.

—No lo escuches —susurró el compañero de James-, o te volverás tan loco como él. Es adventista.

James observó la cara del extraño y percibió en ella paz y poder. —¿Vas a la iglesia los sábados? -le preguntó. -Así es-le respondió el desconocido- ¿Qué día vas tú? -Yo no voy a la iglesia-respondió James-. No sé nada de religión.

El hombre sacó una Biblia y comenzó a compartir porciones con él. James quedó impresionado. Años después, se hizo pastor adventista, misionero y conferencista de jóvenes. «Aprender sobre Cristo produjo en mi vida milagros aún mayores que los que vi durante la guerra», refirió al contar su historia. -Adaptado de la Adventist Review, 24 de mayo de 2007

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