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¿Los pobres en qué?

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«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Mat. 5:3, RV95

No puedo decir que la pobreza haya sido una de mis ambiciones. Mis metas generalmente han tenido el propósito de obtener más de lo que necesito gastar. Haría lo posible por tener una casa bonita, resistente, sin filtraciones, un automóvil en buenas condiciones y ahorrador de combustible, y el dinero suficiente para recorrer todos los lugares del mundo que quisiera conocer.

Nunca me han entusiasmado la ropa, los hoteles, ni ninguna otra cosa que parezca genial solo por ser cara, así que me imaginé que sería un filántropo feliz. C. S. Lewis (que por cierto nunca aprendió a conducir) acumuló mucho dinero con la venta de sus libros, pero lo entregó todo a personas que necesitaban el dinero más que él. Qué lindo suena eso. Pero la realidad es que eso de ser «pobre en espíritu» me suena como algo que preferiría no ser. Sin embargo, Jesús dice que los «pobres en espíritu» son «bienaventurados». La palabra traducida como «bienaventurado» viene del griego makarios, que significa «feliz», e incluso «afortunado. ¿Qué quiere decir esto? ¿Tiene algo de malo ser autosuficiente?

La autosuficiencia es una asesina espiritual. En el libro de Apocalipsis, Jesús les dice a los cristianos que se sienten satisfechos: «Tú dices que eres rico, que te ha ido muy bien y que no te hace falta nada; y no te das cuenta de que eres un desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apoc. 3:17). Pero los «pobres en espíritu» saben que, sin Jesús, ellos no tienen nada. Son conscientes de que dependen completamente de la gracia de Dios. Aunque las personas autosuficientes a nivel espiritual piensan que ya lo han logrado todo, si pudieran verse a sí mismas como Dios las ve, se horrorizarían. Comprenderían que en realidad son superficiales y patéticas.

Para que evitemos pensar que podemos o debemos hacer todo por nosotros mismos, Dios nos dio el sábado (¿y qué hacer si no has terminado tu tarea? Dios quiere que tomes un descanso). No podemos hacer nada para ganar nuestra propia salvación, Jesús la ganó por nosotros en la cruz del Calvario.

La mayoría de los que escucharon el Sermón del Monte predicado por Jesús, esperaban que él estableciera un reino político en la tierra. Pero el «reino de los cielos» al que Jesús se refiere en el versículo de hoy, comienza en nuestros corazones. Desde allí se propaga de persona a persona, transformando el mundo con el poder del amor.

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