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Las Cruzadas – 1a parte

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«Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen». Mat. 5:44

Constantinopla, 1094. El emperador Alejo Comneno se sentía acorralado. El Imperio Bizantino había sido consumido casi por completo. Los turcos, que en el transcurso de esos años se habían convertido al islam, habían avanzado en dirección sur, tomando Siria, Palestina y, por supuesto, Jerusalén. Y ahora se movían hacia el este, amenazando con dominar el mundo cristiano. El emperador necesitaba aliados, pero Europa estaba demasiado resquebrajada. Si quería obtener ayuda, tendría que recurrir a algo que pudiera conmover y unir a todos: la religión.

El emperador contacto al papa Urbano II, y entre los dos tramaron un plan. Levantarían un ejército para apoyar a los ciudadanos de Constantinopla y, de esa manera, derrocar a los musulmanes que recientemente habían comenzado a perseguir a los cristianos peregrinos en Jerusalén. Las peregrinaciones a Jerusalén, el viaje de los sueños de cualquier europeo del siglo XI, se habían vuelto cada vez más populares a lo largo de los años, pero los peregrinos seguramente no le verían sentido a llegar a Tierra Santa y encontrar a cargo personas no cristianas.

Abrumado por el pueblo que estaba a la expectativa, Urbano anunció el plan en Francia en noviembre de 1095. Emocionó a la multitud con promesas de gloria, valor y un boleto instantáneo al cielo para los desafortunados que perdieran la vida en la batalla. Su guerra ofrecía liberación, salvación y un accesorio ornamental bastante ingenioso: una cruz roja en el pecho para todos los que se unieran a los «cruzados» del primer mundo.

Un historiador registró el siguiente fragmento del discurso de Urbano: «Puesto que sus hermanos que viven en el Oriente requieren urgentemente de su ayuda, ustedes deben esmerarse para otorgar la asistencia que les ha venido siendo prometida hace tanto. Ya que, como habrán oído, los turcos y los árabes los han atacado y conquistado. [...] Han ido ocupando cada vez más y más los territorios cristianos, y los han vencido en siete batallas. Han matado y capturado a muchos, y han destruido las iglesias y devastado el imperio. Si ustedes permiten que esto continúe sucediendo, los fieles de Dios seguirán siendo atacados cada vez con más dureza. En vista de esto, yo, o más bien, el Señor los designa como heraldos de Cristo para convencer a gentes de todo rango, infantes y caballeros, ricos y pobres, para asistir prontamente a aquellos cristianos y destruir a esa raza vil que ocupa las tierras de nuestros hermanos».

Continuará...

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