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Una dolorosa expectativa

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<<Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación». Mat. 5:4, RV95

Una vez escuché al reconocido orador José Rojas explicar el significado de la palabra «bienaventuranza». Las conmovedoras palabras iniciales del Sermón del Monte suenan como una manera contradictoria de ver la vida, una nueva actitud que desafía el egocentrismo, las evasivas, los atajos y la ceguera espiritual.

La palabra «bienaventurado» proviene de las expresiones latinas bene (bien) y ventura (que ha de venir). Es entonces un bien que ya se ha recibido. Ahora, en base a esta definición, la segunda bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los que lloran», suena como un oxímoron. ¿Qué sigue? ¿Bienaventurados los que son insultados y perseguidos?

Bueno, sí, pero seis versículos después.

«Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación». Las palabras de Jesús prometen consuelo, restauración para todos los que han sufrido en este planeta destrozado, pero van mucho más allá: prometen que la pérdida que nosotros no podemos reparar, él la restituirá.

A veces siento ese dolor en mi corazón, allí, donde reina el vacío, detrás de esa puerta cerrada a la que con ninguna llave terrenal se puede acceder. A veces lo siento en alguna melodía evocadora, o lo pruebo en el dulzor de un melocotón en almíbar, o lo escucho en la risa borrosa que proviene de algún patio lejano. A veces lo veo en una antigua fotografía, o en la última imagen digital de una galaxia distante.

A veces lo escucho en la oración que solo aquellos que han luchado con el pecado, la pérdida, el amor, el miedo, el dolor, la parálisis, la conmoción o la alegría pueden pronunciar, con una voz tan rasgada como su corazón.

Es un estado de conciencia que curiosamente se siente como un luto. En él, todo lo bueno que podemos encontrar es apenas un abreboca de la alegría por venir, la cual se hace más dulce debido a la expectativa.

«Por eso no nos desanimamos. Pues, aunque por fuera nos vamos deteriorando, por dentro nos renovamos día a día. Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante. Porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas» (2 Cor. 4:16-18).

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