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La luna de miel — 1a parte

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«¡Llévame contigo, ven, corramos!». Cant. 1:4, NTV

Lisa y yo sonreímos cuando nuestro avión aterrizó en la ciudad de Belice. Los primeros dos días después de nuestra boda fuimos a visitar a unos familiares que habían llegado de África. Luego, nos registramos en un hotel económico cerca del aeropuerto de Baltimore y dormimos unas horas para, poco después de las tres de la mañana, salir casi sonámbulos al aeropuerto. Pudimos descansar en el avión y ahora estábamos listos para la aventura.

Yo había reservado habitación para tres noches en una posada ecológica a las afueras de San Ignacio. Alquilamos un automóvil y tomamos la carretera en medio del estrecho territorio de la pequeña nación de Belice. Luego de pasar un cartel que decía «Bienvenidos a Belice», puse una grabación de nuestra boda en el reproductor de CD del automóvil. Disfrutamos del paisaje mientras reímos, cantamos y jugamos «el primero que vea», cuyo objetivo es ser el primero en ver en el paisaje un objeto mencionado al azar.

Nos detuvimos en una tienda de artesanía a recoger la dirección de la posada ecológica. Nos entregaron un croquis, dibujado por alguien que no dibujaba mejor que yo, y añadieron que «no estaba dibujado a escala». Las instrucciones eran algo así como: gire a la izquierda en esta calle, cruce el puente de madera, luego a la derecha en el cementerio, pase la estación de servicio, cruce a la izquierda en la mansión, luego cruce a la derecha en la carretera de un solo carril. Avance unos kilómetros por la plantación de naranjos, allí verá las vacas, luego verá una casa a la derecha. Supimos que estábamos cerca cuando vimos un barranco (advertido solo con una cinta amarilla de precaución) junto a un río a la izquierda y una montaña de espesa vegetación a la derecha. Conducimos un poco más y pronto llegamos al alojamiento. En el camino, disfrutamos de paisajes espectaculares.

-Parece que somos las únicas personas aquí -susurró Lisa. –Mejor -le respondí.

Como era mitad de semana en temporada baja, esa noche éramos los únicos que nos alojábamos allí. Bajamos el equipaje por el camino de piedra hasta llegar a nuestra cabaña, acompañados del sonido de las aves. Nos sentíamos afortunados.

Esa noche, disfrutamos de la deliciosa comida preparada en la posada: hamburguesas, un puré de papa extraordinariamente delicioso, y un dulce tres leches que fue un verdadero placer para mis papilas gustativas. Una brisa fresca nos arrulló y nos ayudó a dormir plácidamente. Nos esperaba una semana de exploración, relajación e inspiración tropical.

Continuará...

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