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La luna de miel — 2a parte

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«Me llevó a la sala de banquetes y sus miradas para mí fueron de amor». Cant. 2:4

El letrero anunciaba: «Observación de aves. Espeleología. Caballos. Canoas. Flotadores. Caminatas nocturnas». Las posibilidades eran prácticamente infinitas en nuestro destino, pero decidimos comenzar nuestra primera mañana con un poco de observación de aves, acompañados de Tommy, el guía turístico. Ninguno de nosotros sabía mucho sobre aves y absolutamente nada sobre plantas y árboles, así que, ¿qué mejor momento para aprender?

Después del desayuno, Tommy nos llevó a una caminata de ocho kilómetros a través de las laderas circundantes, atravesando caminos en medio de la selva, hacia una cueva llena de restos de cerámica (donde Lisa descubrió que no le gustan los murciélagos) y a un antiguo santuario maya (donde me di cuenta de que no había llevado suficiente agua). Fotografié un enorme montículo de termitas y pude tomar varios primeros planos de hormigas podadoras en plena faena. Pasamos la tarde explorando varias ruinas mayas mucho más grandes en la ciudad, e hicimos planes para cruzar la frontera hacia Guatemala a la mañana siguiente y visitar las pirámides de Tikal.

Tikal fue absolutamente espectacular. Las ceibas parecían sacadas de un libro, y los simpáticos monos del lugar se acercaron, a cambio de un pequeño obsequio alimenticio. Esa noche, regresamos a la posada esperando con ansias el día siguiente, cuando volaríamos a la ciudad de San Pedro, cerca de la costa de Belice.

«Acabamos de regresar de ahí-nos dijo una mujer—. Les va a encantar». A la posada ya habían llegado otros huéspedes, y una pareja norteamericana de edad madura nos acompañó a cenar. Compartieron con nosotros algunos detalles de su viaje a la isla. Comenzaron a hablar maravillas de un «excelente restaurantes que encontraron en una de las islas cercanas. «Comimos de lujo por apenas cincuenta dólares», dijo la mujer.

Lisa y yo nos miramos. ¿Seremos nosotros así en veinticinco años? Con un corazón tan endurecido como el sol endurecería nuestra piel, gastando en una sola comida casi lo mismo que en alojamiento (sin duda lo de la posada fue una excelente oportunidad). Espero que no. Solo sabíamos dos cosas: 1) nos amábamos, y 2) «si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los constructores» (Sal. 127:1).

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