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El fugitivo inocente — 1a parte

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«Elías continuó diciendo: "Yo soy el único profeta del Señor que ha quedado con vida, en tanto que de Baal hay cuatrocientos cincuenta profetas"». 1 Rey. 18:22

No hay nada peor que fingir humildad. Elías acababa de lograr una victoria a través de la fe como pocas en la historia. Después de haber declarado una hambruna sobre un rey malvado, de haber padecido una cacería humana, de haber presenciado varios milagros y de haber suspendido una hambruna de tres años, Elías logró producir una increíble demostración del poder de Dios. En tono burlón, desafió a los sacerdotes de Baal que mantenían infestada a la nación de Israel, a demostrar en el monte Carmelo quién era el verdadero Dios.

Unos cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y cuatrocientos profetas de Asera se reunieron ante una multitud en el monte Carmelo. Elías estableció las reglas del juego: cada uno sacrificaría un toro en un altar, pero sus deidades serían las que asarían la carne.

Elías cortésmente dio la primera oportunidad a los baalitas, pero luego de que ellos pasaron toda la mañana rogando y tratando de invocar al viejo dios de la tormenta para que lanzara un rayo consumidor, Elías se remangó la camisa. «¿Por qué su dios no contesta? ¡Griten más! ¡Tal vez está meditando! Tal vez está ocupado con algunos asuntos personales. ¡Tal vez está de vacaciones divinas! ¿Será que está roncando y hay que despertarlo?».

Los falsos profetas gritaron, danzaron y se laceraron, pero todo fue en vano. Así que finalmente, cuando se agotaron, Elías decidió que era hora de mostrarles quién era realmente el único Dios verdadero. Construyó un altar de doce piedras, sacrificó el toro y lo colocó sobre el altar. Seguidamente, demostró que, en cuanto a espectáculos, los gritos de los baalitas eran un show barato. Vertió jarra tras jarra de agua sobre el altar, hasta que la zanja a su alrededor quedó completamente empapada. Si Dios iba a hacer un milagro, no debía haber ninguna excusa para dudar de su autenticidad.

Elías invocó a Dios: «¡Señor, Dios de Abraham, Isaac e Israel: haz que hoy se sepa que tú eres el Dios de Israel!» (1 Rey. 18:36). La multitud miro atónita cómo cayó fuego del cielo y las llamas devoraron la madera, las piedras, el toro e incluso el agua alrededor del altar. La multitud cayó rostro en tierra y exclamó: «Jehová es Dios».

Continuará...

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